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Autor Tema: CAPÍTULO DOS «EL HOLOCAUSTO ATOMICO»  (Leído 729 veces)
Antonio
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Pasatiempos en linea


« : Septiembre 24, 2006, 11:44:55 »





Con palabras claras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento predicen que la «batalla final» comenzará en Israel, con un ataque a la Ciudad Sagrada, Jerusalén, y finalmente se extenderá al mundo entero.
El libro del Apocalipsis anuncia que «será Satanás soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para la guerra, numerosos como la arena del mar. Subieron por toda la anchura de la tierra y cercaron el campamento de los santos y de la ciudad amada Pero bajó fuego del cielo y los devoré». En el código de la Biblia sólo una capital del mundo aparece ligada con «guerra mundial» u «holocausto atómico», y ésta es «Jerusalén».
El día del asesinato de Rabin encontré las palabras «todo su pueblo en guerra» codilicadas en la Biblia. La advertencia de guerra total estaba escondida en la misma matriz del código que predecía el asesinato. «Todo su pueblo en guerra» aparecía justo encima de «asesino que asesinará», en el mismo lugar de «Itzhak Rabin».
Regresé inmediatamente a Israel. El asesinato de Rabin lo cambiaba todo. Era la primera ocasión en que el código de la Biblia me parecía enteramente real. De pronto, lo que estaba codificado se convertía en cuestión de vida o muerte. El código advertía de que todo el país estaba en peligro.
Israel lloraba la muerte de Rabin; entretanto, yo trabajaba con Eli Rips en su casa de las afueras de Jerusalén. Tratábamos de descodificar los detalles de la nueva predicción. «todo su pueblo en guerra».
Rips y yo buscamos en el código de la Biblia las señales de un conflicto catastrófico. Todavía no sabíamos que el código advertía de un ataque atómico a Jerusalén Aún no habíamos encontrado las palabras «guerra mundial». Pero en el primer barrido de ordenador encontramos las palabras «holocausto de Israel». El «holocausto» estaba codificado una vez, comenzando en un versículo del Génesis en el que el patriarca Jacob anuncia a sus hijos lo que acontecerá a Israel en el «fin de los días».
«Lo primero es saber cuándo» -dijo Rips- e inmediatamente revisó los siguientes cinco años; el resto del siglo.
De repente palideció y me mostró los resultados. El año judío en curso, 5756 el final de 1995 y la mayor parte, de 1996 del calendario moderno-aparecía en el mismo lugar que la predicción del nuevo «holocausto».
El cuadro era decididamente aterrador. Evidentemente, el año se conectaba con «holocausto de Israel». Era una unión perfecta. «5756» figuraba en un versículo en el que aparecía codificado el «holocausto».
El año 2000, 5760 del antiguo calendario, también aparecía conectado, pero en aquel momento el último año del siglo parecía distante. En los días que siguieron al asesinato de Rabin en esa segunda semana de noviembre de 1995, lo abrumador era la clara mención del «holocausto» junto al año en curso.
¿Cuáles son las probabilidades? pregunté a Rips. Mil contra una -respondió.
¿Qué podía originar un holocausto en el Israel moderno? Lo único que acertábarnos a imaginar era un ataque nuclear. De manera inesperada el antiguo texto sagrado nos sorprendió con una imagen completamente moderna: «holocausto atómico». Estas palabras aparecían sólo una vez. Tres años de los cinco siguientes ocupaban el mismo lugar: 1996, 1997 y el año 2000; pero de nuevo el que atrajo nuestra atención fue el año en curso, 5756. «En 5756» figuraba justo debajo de «holocausto atómico».
¿Cuáles son las probabilidades de que se repita dos veces por casualidad? -pregunté.
-Una en un millón dijo Rips.
Existían advertencias de peligro durante el resto del siglo, y más allá. Si el código de la Biblia estaba en lo cierto, Israel correría un peligro sin precedentes durante al menos cinco años. Sólo había un año codificado junto a «holocausto atómico» equiparable a 1996... 1945 el año de Hiroshima.
Miramos otra vez la frase «todo su pueblo en guerra», la declaración que aparecía junto al asesinato de Rabin. Estas mismas palabras también estaban codificadas al lado de «holocausto atómico», De hecho, aparecían tres veces en el texto de la Biblia, dos de ellas codificadas con «holocausto atómico». Rips volvió a calcular las probabilidades. De nuevo eran al menos de mil contra una -pregunté a Rips qué probabilidades tenían cada uno de los peligros previstos-la guerra, el holocausto, el ataque atómico de aparecer codificados en el texto en tales condiciones.
No tenemos cómo calcularlo dijo Rips-. Pero ha de ser de varios millones contra uno.
El código de la Biblia parecía vaticinar un nuevo holocausto, la destrucción tota! de un país. Una guerra en Oriente Medio desencadenaría, casi con toda seguridad, un conflicto global, quizá una nueva guerra mundial.
Los acontecimientos previstos estaban sucediendo realmente como se habían pronosticado. Ya había muerto un primer ministro. Yo no podía quedarme tranquilamente a esperar que se hiciera realidad la siguiente predicción.
La información de que disponíamos pudo haber salvado a Rabin; no fue así. Ahora teníamos información que podía evitar una guerra. Los hechos se habían disparado y la situación me resultaba verdaderamente extraña. Había tropezado por casualidad con un código bíblico que revelaba con toda claridad acontecimientos futuros, pero yo no era religioso, no creía en Dios, nada de ello tenía sentido para mi.
Yo había trabajado como periodista en el Washington Post y en el Walt Sercel Journal. Había escrito un libro basado en miles de documentos. Estaba acostumbrado a la realidad pura y dura en tres dimensiones. No era un estudioso de la Biblia. Ni siquiera hablaba hebreo, el idioma de la Biblia y del código. Tuve que aprenderlo desde cero.
Había encontrado el asesinato de Rabin codificado en la Biblia. Pocas personas conocían el código. Sólo Rips Sabía que también parecía predecir un ataque atómico, otro holocausto, quizá una guerra mundial. Él era matemático, no periodista. No tenía experiencia en el trato con líderes gubernamentales. No había sentido la necesidad de advertir a Rabin. Ni estaba preparado para contárselo al nuevo pnmer ministro, Shimon Peres. Por otro lado, mi instinto de periodista me decía que este nuevo peligro podía no ser real. Todos los líderes árabes acababan de asistir al entierro de Rabin. A fines de 1995, la paz parecía estar más asegurada que nunca.
«Todo su pueblo en guerra» sonaba a amenaza muy remota. No había vuelto a estallar una verdadera guerra desde que Israel derrotó a Egipto y Siria en 1973. No había vuelto a haber levantamientos internos desde que, en 1993, el apretón de manos de Rabin y Arafat puso fin a la Intifada. En los tres últimos años ni siquiera había tenido lugar un ataque terrorista importante. Israel estaba más en paz que nunca desde que se estableciera como Estado moderno después de la segunda guerra mundial. Un «holocausto atómico» parecía más que improbable. Una «guerra mundial» parecía increíble;  pero lo mismo me había ocurrido con la muerte de Rabin. Sólo sabía que su asesinato aparecía en el código. Y ahora Rabin estaba muerto. Había sido asesinado, exactamente como se predecía, en 5756, el año judío iniciado en septiembre de 1995.
Eché una nueva mirada a las matrices que acababa de imprimir. «La próxima guerra» aparecía codificada una vez en la Biblia. «Será tras la muerte del primer ministro», declaraba el texto secreto. Los nombres «Itzhak» y «Rabin» surgían en el mismo versículo.
Ahora estaba seguro de que el código de la Biblia desvelaba el futuro, pero no de si todas sus predicciones se harían realidad. Y todavía no sabía si el futuro podía cambiarse. Esa noche, mientras me revolvía en la cama preguntándome cómo llegar hasta Shimon Peres y qué contarle, di súbitamente con la respuesta a la pregunta fundamental.
Cada letra del alfabeto hebreo es también un número. Se pueden escribir fechas y años con letras, y en el código de la Biblia siempre ocurre así. Las mismas letras que deletreaban el año en curso -5756-también componían una frase. Las letras que formaban los números 5756, el año del pronosticado holocausto, también nos planteaban una dramática pregunta: «¿Lo cambiaréis?»
Antes de transcurrida una semana de la muerte de Rabin envié una carta a Shimon Peres, el nuevo primer ministro, alertándole de un nuevo peligro codificado en la Biblia. Mi carta decía:
«Existe un código oculto en la Biblia que reveló el asesinato de Rabin un año antes de que ocurriera.» 
Le escribo ahora porque el código de la Biblia advierte de un nuevo peligro para Israel: la amenaza de un "holocausto atómico".
»La información sobre el "holocausto atómico" de Israel es muy detallada. Se nombra la fuente del peligro y la fecha: está anunciado para este año judío de 5756.
»Creo que el peligro puede evitarse si es atendido. No es una cuestión religiosa. La solución es de lo más secular.»
La reacción inicial del primer ministro fue de incredulidad.
«Continuamente se ponen en contacto conmigo astrólogos y adivinadores con una advertencia u otra», le dijo Peres a su viejo amigo Elhanan Yishai, destacado miembro del partido laborista, cuando éste le entregó mi carta el 9 de noviembre. Había pasado menos de una semana desde que Rabin fuera asesinado. Peres no tenía tiempo para las predicciones de un código bíblico.
Igualmente escéptica se mostró Eliza Goren, la secretaria de prensa del primer ministro. Estaba muy cerca de Rabin cuando le dispararon y, aunque había leído la carta que le mandé un año antes advirtiéndole del asesinato, aun así no podía creer que el código fuera real.
«Aquí somos gente racional, Michael dijo-. Estamos en pleno siglo XX.»
Yo soy periodista, no adivino. No me interesaba hacer predicciones. No deseaba ser el hombre que viaja alrededor del mundo diciendo: «Cuidado con tus idus de mar¬zo.» Y aunque no tenía ni idea de si el peligro de un «holocausto atómico» existía fuera del código de la Biblia, expertos estadounidenses en terrorismo nuclear me habían confirmado que era muy posible. De hecho afirmaban que casi era un milagro que no hubiera ocurrido todavía. La antigua Unión Soviética era un mercado abierto de material atómico, los Estados árabes radicales sus más que probables compradores, e Israel el objetivo evidente.
«Nunca hasta hoy se había desintegrado un imperio dotado de treinta mil armas nucleares, cuarenta mil toneladas de armas químicas, toneladas de materiales susceptibles de fisión y decenas de miles de científicos y técnicos que saben cómo construir estas armas pero no cómo ganarse la vida», declaraba un informe del Senado estadounidense sobre el mercado negro soviético. Un oficial ruso que investigaba el robo de uranio enriquecido de una base de submarinos de Múrmansk lo expuso con mayor sencillez: «Hasta las patatas están mejor guardadas.»
Pero yo no necesitaba la confirmación de expertos para saber si el peligro era real. Había estado en Moscú en septiembre de 1991, unas semanas después del fracasado golpe contra Gorbachov, cuando la Unión Soviética pareció desplomarse de la noche a la mañana. Ya entonces todo estaba en venta. Recordé mi encuentro con un grupo de científicos militares rusos, incluidos algunos de los máximos expertos en armamento nuclear. Ninguno de ellos podía permitirse una camisa decente. Llevaban los cuellos y puños desgastados y deshilachados. El científico más veterano, creador de un importante sistema soviético de misiles, me llevó aparte y ofreció vendérmelo. Obviamente, pocos terroristas árabes habrían tenido problemas para comprar una bomba. El peligro expresado por el código de la Biblia debía de ser real, pero yo no tenía forma de confirmarlo ni de evitarlo.
Varios días después de volver a Estados Unidos conseguí llegar por fin al jefe local de los servicios secretos israelíes, el general Jacob Amidror. Supuse que él, al igual que Peres, desestimaría el código de la Biblia. Los rangos superiores del gobierno israelí eran entonces desafiantemente laicos, y los cuadros militares y de inteligencia lo eran más que nadie. Garanticé inmediatamente al general Amidror que se trataba de inteligencia, no de religión.
-No soy creyente. Soy investigador periodístico. Para mí, el código de la Biblia es información, no religión -aclaré.
-¿Cómo puede decir eso? -respondió Amidror-. ¿Cómo puede descartar la autoría de Dios? Esto está codificado en la Biblia desde hace tres mil años.
Amidror resultó ser muy religioso. No sólo aceptaba el código como verdadero; lo aceptaba como palabra divina. De los casi totalmente laicos jefazos de la inteligencia israelí, había ido a parar al único hombre que no necesitaba garantías sobre el código bíblico. No obstante, Amidror se declaró incapaz de encontrar pruebas del peligro anunciado en el mundo real.
-Si existe un peligro –dije, proviene del otro reino. En ese caso, todo lo que podemos hacer es rezar.
Nada más pasar el Año Nuevo de 1996, me llamó a Nueva York el más importante asesor militar de Peres, el general Danny Yatom.
«El primer ministro ha leído su carta y la que envió usted a Rabin. Quiere verle», me dijo.
De modo que regresé a Israel y, para preparar mi encuentro con Peres, volví a trabajar con Eli Rips. Dimos un nuevo repaso a todos los cálculos matemáticos. Rips tecleó en el ordenador «holocausto de Israel» y el año judío en curso, «5756». Se emparejaron. Las probabilidades eran una en un millar. Tecleó «holocausto atómico» y el mismo año. De nuevo volvieron a emparejarse. Las probabilidades eran en este caso superiores: 8 en 9800.
¿Quién podía emprender un ataque atómico contra Israel? ¿Quién sería el enemigo? Atravesaban a «holocausto atómico» las palabras «desde Libia». «Libia» aparecía otras dos veces en el mismo cuadro. El nombre del líder libio «Gadafi» estaba codificado en el último libro de la Biblia, en un versículo que declaraba: «El Señor traerá desde lejos una nación contra ti, que caerá sobre ti como un buitre.»
También aparecían codificadas las palabras «artillería libia», así como el año en curso, «5756». Las probabilidades de que una arma estuviera codificada junto con el año volvían a ser al menos de mil contra una. «Artillero atómico» también estaba codificado en la Biblia, y al parecer se lo localizaba en «el Pisgá», una de las cumbres de una cadena montañosa de Jordania, la misma que escaló Moisés para ver la Tierra Prometida. Al cotejar con el texto original de la Biblia, encontré que el primer versículo donde se menciona el Pisgá también afirma, casi abiertamente:
«Arma aquí, en este lugar, camuflada.»
Parecía increíble que las palabras reales del Antiguo Testamento, escritas hace tres mil años, pudieran revelar la localización de una arma atómica dispuesta para ser lanzada contra Israel. Y, sin embargo, si el peligro era real, si era inminente un «holocausto de Israel», un «holocausto atómico», entonces todo cuadraba a la perfección. Si en verdad existía un código en la Biblia, si en verdad revelaba el futuro, entonces desde luego la advertencia más claramente codificada debería referirse al momento preciso en que la tierra de la Biblia pudiera ser borrada, el momento en que el pueblo de la Biblia pudiera perecer eliminado, un hecho lo bastante importante como para figurar directamente en el texto original.
«Es muy coherente dijo Rips-. La intención salta a la vista.»
Rips no tenía duda de que el ataque atómico estaba codificado con toda nitidez y prácticamente contra todo azar; pero mi encuentro con Peres lo inquietaba.
«El Todopoderoso –plantee-podría haber ocultado el futuro a ojos de quienes no están destinados a verlo.»
El 26 de enero de 1996 me entrevisté con Shimon Peres en su despacho de Jerusalén y le advertí del ataque atómico codificado. En nuestro encuentro, el mandatario sólo me hizo una pregunta:
-¿Se predice qué podemos hacer nosotros?
-Es una advertencia, no una predicción -respondí.
Le enseñé a Peres dos matrices impresas del código de la Biblia. Una mostraba las palabras «holocausto de Israel» codificadas junto al año judío en curso, «5756». En la otra aparecían las palabras «holocausto atómico» junto al año en curso. Le dije que las probabilidades de que tales coincidencias fueran por azar eran de al menos una en un millar. Peres me interrumpió:
-¿Las probabilidades de que eso ocurra?
Le expliqué que nadie podía calcular con certeza las probabilidades de que el holocausto fuera a ocurrir. Nadie había conseguido profundizar lo suficiente en el código como para ello; pero las probabilidades de que 1996 coincidiera dos veces en el código con el peligro anunciado eran al menos de una en un millar. En términos matemáticos se hallaban más allá del azar.
-Si el código de la Biblia está en lo cierto, Israel estará en peligro por lo que queda de siglo: los siguientes cinco años -dije al primer ministro-. Pero quizá sea este año el más crítico.
En Libia parecía estar la fuente del peligro. Mostré a Peres cómo «Libia» atravesaba en el código a «holocausto atómico».
-Ignoro si eso significa un ataque libio en toda regla o bien uno lanzado desde cualquier otro lugar por terroristas respaldados por Libia dije-. Yo me inclino a pensar que Gadafi comprará un artefacto atómico a cualquiera de las antiguas repúblicas soviéticas y que serán terroristas quienes lo usen contra Israel.
Peres me escuchó impasible. Era evidente que había leído atentamente mi carta y que no había olvidado la que envié a Rabin un año antes de que lo asesinaran. No hizo preguntas filosóficas sobre el código bíblico. No mencionó a Dios. No preguntó si su propio nombre aparecía codificado; algo natural después del asesinato de Rabin. Sólo tenía un idea en mente: el peligro anunciado para Israel.
No pareció sorprenderle la amenaza de un ataque atómico. Peres había dirigido el programa de armamento nuclear israelí en una base militar ultrasecreta en Dimona. Conocía la facilidad con que un artefacto nuclear puede convertirse en arma terrorista.
-Ignoro si Israel corre verdadero peligro –manifesté antes de marcharme-. Sólo sé que así lo advierte el código de la Biblia.
Al día siguiente, 27 de enero de 1996, el líder libio Muammar al-Gadafi hizo una extraña declaración pública. Instó a todos los países árabes a que adquirieran armas nucleares.
«Los árabes, amenazados por Israel, tienen derecho a comprar armas nucleares sea como sea», afirmó.
Cuando Gadafi hizo esta declaración, yo estaba en Jordania, en la cima del monte Nebo, el pico del Pisgá que Moisés escaló para ver la Tierra Prometida, en la misma cadena montañosa sobre el mar Muerto donde el código de la Biblia localizaba el punto de lanzamiento de un ataque atómico. La localización del arma era de una claridad meridiana. «Bajo las laderas del Pisgá» atravesaba «artillero atómico».
Inmediatamente antes había una frase que era como una «X» en un mapa. Allí, el versículo original de la Biblia rezaba: «Para que prolonguéis vuestros días en la Tierra.» Resultaba curioso que ese pasaje atravesara las palabras «artillería atómica», así como «holocausto atómico». Parecía ofrecer la esperanza de que el ataque podía evitarse. Un mensaje oculto en ese versículo de la Biblia decía cómo hacerlo.
Las mismas letras que en hebreo significan «para que prolonguéis» equivalen también a las palabras «dirección» y «fecha». La dirección estaba clara. La cadena montañosa de Jordania, el Pisgá, marcaba la ubicación del arma atómica que aparecía justo debajo de «dirección». Sin embargo no podíamos encontrar la fecha. Sabíamos dónde buscar pero no cuándo. A pesar de todo fui allí al día siguiente de mi entrevista con Shimon Peres, y allí estaba cuando Gadafi lanzó su amenaza.
«Bajo las laderas del Pisgá» había unos cinco kilómetros de colinas peladas y uadis desiertos. Cualquiera de ellos podía esconder una pieza de artillería o una lanzadera de misil. Expertos estadounidenses en terrorismo nuclear me habían confiado que para transportar determinados proyectiles de artillería atómica en una mochila basta un hombre fuerte, y a lo sumo dos. Había miles de proyectiles atómicos diseminados por toda la antigua Unión Soviética, todos ellos capaces de destruir una ciudad entera.
Era extraño estar allí, donde debió de detenerse Moisés, y divisar Israel por encima del mar Muerto, al otro lado del agua, sabiendo que en algún lugar de las colinas y uadis circundantes unos terroristas libios podían estar preparándose para lanzar una cabeza nuclear contra Tel-Aviv o Jerusalén.
Un día más tarde regresé a Jerusalén para reunirme con Danny Yatom, el general que había organizado mi encuentro con Peres y que estaba a punto de ser nombrado jefe del Mossad, el famoso servicio secreto israelí. Yatom acababa de volver de Washington, de las fracasadas conversaciones de paz con Siria, pero ya había hablado con Peres de nuestro encuentro.
-¿Se lo tomó en serio? -pregunté a Yatom.
-Le entrevistó usted, ¿no? -dijo el general.
Conversamos con más detalle sobre el peligro del «holocausto atómico» codificado en la Biblia. Yatom quería saber cuándo, dónde. Le referí lo que sabía y añadí:
-El lugar y la fecha pueden ser sólo probabilidades. Podríamos equivocarnos respecto de los detalles pero no respecto del peligro general.
Yatom me hizo la misma pregunta que me había hecho Peres, si estaba codificado qué solución adoptar.
-Tal vez sea imposible impedir que un cometa choque con Júpiter -dije-. Pero desde luego se puede evitar que Libia ataque a Israel.
Tres días más tarde, en un discurso pronunciado en Jerusalén, Peres dijo por primera vez en público que el mayor peligro al que se enfrentaba el mundo eran las armas nucleares que podían «caer en manos de países irresponsables y ser transportadas a hombros de fanáticos».
Era una clara reformulación de la advertencia del código de la Biblia. Gadafi bien podía comprar tecnología atómica que terroristas apoyados por Libia podían utilizar contra Israel. Con todo, si el código de la Biblia tenía razón, Peres se equivocaba. No era éste el mayor peligro con el que se enfrentaba el mundo.
-Si hay algo de verdad en todo esto -le dije al general Yatom-, estamos ante el principio del peligro, no el fin.
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