Antonio
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« : Septiembre 24, 2006, 11:42:53 » |
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La mañana del domingo 25 de febrero de 1996 Israel sufrió el peor ataque terrorista de los últimos tres años. Un palestino convertido en bomba humana voló un autobús abarrotado que circulaba por Jerusalén matando a veintitrés personas. Durante los siguientes nueve días otros dos ataques terroristas con bomba en Jerusalén y Tel-Aviv elevaron el número de víctimas mortales a 61, hicieron añicos la paz en Oriente Medio y sumieron de nuevo a Israel en estado de guerra. Yo conocía la fecha en que daría comienzo la oleada de terror desde el día en que murió Rabin. En la línea anterior a la de «asesino que asesinará» aparecía una segunda predicción: «todo su pueblo en guerra». Esas mismas palabras aparecían otras dos veces en la Biblia, en cada caso junto a la fecha: «Desde el 5 de Adar, todo su pueblo en guerra.» El 5 de Adar del antiguo calendario judío equivalía al 25 de febrero de 1996. La ominosa advertencia del código -«todo su pueblo en guerra»-se había hecho realidad en la fecha exacta de la premonición. Mi conmoción fue tan intensa como el día del asesinato de Rabin, aunque las bombas me sacudieron menos que la nueva demostración de veracidad del código bíblico. Cuatro meses antes, cuando Israel vivía en paz, cuando la paz parecía tan segura que hasta los líderes del mundo árabe acudieron al entierro de Rabin, el código de la Biblia había pronosticado que a fines de febrero Israel estaría en guerra. Un mes antes, durante mi entrevista con el primer ministro Peres, esa predicción parecía tan improbable que temía que al transmitírsela se debilitara mi advertencia de un «holocausto atómico». Y de pronto, exactamente cuando lo anunciara la Biblia tres mil años antes, estallaba el conflicto y Peres en persona declaraba que Israel estaba en guerra, «una guerra en todos los sentidos del término». Era una espeluznante confirmación de la exactitud del código bíblico, que además incluía detalles de los tres ataques suicidas. Las palabras «autobús», «Jerusalén» y «bomba» aparecían juntas. Incluso la Biblia menciona el nombre de la calle en que los terroristas palestinos volaron autobuses dos domingos seguidos: «Jaifa Road». Apa¬recían codificados el mes y el año, «Adar 5756», fecha que en el calendario judío correspondía a febrero y marzo de 1996, junto a la exacta localización de los atentados y la palabra «terror». De hecho, en el texto oculto de la Bilia donde aparecía codificado «autobús» había una descripción completa de los tempraneros ataques: «fuego, gran estruendo, despertaron pronto, atacarán, y habrá terror». El último ataque terrorista, un atentado suicida en el corazón de Tel-Aviv que el 4 de marzo de 1996 elevaba a 61 el número de víctimas, también aparecía detallado en el código. «Dizengoff», el nombre del centro comercial donde ocurrió, figuraba junto a «Tel-Aviv» y «terrorista». «Bomba terrorista» y «Tel-Aviv» también coincidían en el código. El nombre del grupo terrorista que estaba detrás de los ataques aparecía asimismo ligado al arma empleada -«bomba de Hamas»-y al año del trágico suceso, «5756». Las masacres de Jerusalén y Tel-Aviv, las terribles imágenes de cuerpos despedazados que se sucedían día tras día, partieron en dos al país, dividieron a árabes y judíos y pusieron sangriento punto final a una paz aparentemente consolidada. Hierros retorcidos y carne desgarrada reemplazaron la imagen del famoso apretón de manos entre el ahora asesinado primer ministro israelí Rabin y el líder palestino Arafat. Cuando supe que habían asesinado a Rabin me conmovió tanto su muerte como la brutal realidad del código. Pero cuando las bombas estallaron en la fecha exacta anunciada por el código mi conmoción fue aún mayor, porque en ese momento yo sabía que el texto secreto también predecía un «holocausto atómico», un «holocausto de Israel», una «guerra mundial». La ominosa advertencia «todo su pueblo en guerra», codificada junto al asesinato de Rabin, el aviso que con tanta precisión anunciaba la fecha exacta en que comenzaría la nueva oleada de terrorismo, predecía de hecho un peligro mucho mayor. En dos ocasiones aparecían en el código esas palabras -«todo su pueblo en guerra» - junto a «holocausto atómico». El último día de abril de 1996, después de que el primer ministro Peres se reuniera con el presidente Clinton, volví a entrevistarme con el general Danny Yatom en la embajada israelí en Washington. Yatom acababa de ser designado jefe del Mossad y tuvo que ausentarse de una recepción diplomática para entrevistarse conmigo. Conversamos solos en la puerta de la embajada, apartados de la multitud de dignatarios que departía en el patio. Numerosos policías, agentes del servicio secreto con equipos de visión nocturna y agentes de seguridad israelíes con perros de policía patrullaban el perímetro de la embajada. Le mostré a Yatom un mapa del Israel antiguo donde destacaba la montaña jordana desde la que Moisés divisó la Tierra Prometida. «No hay sitio más favorable para lanzar un ataque atómico contra Israel que éste dije. Si el peligro es real, tenemos poco tiempo. Está señalado para el 6 de mayo por la noche.» En realidad aún no habíamos sido capaces de encontrar una fecha claramente codificada. «6 de mayo» aparecía señalada, pero esa combinación de letras hebreas figuraba con tanta frecuencia en la Biblia que no tenía un sentido nítido. No era, en términos matemáticos, un dato significativo. Pero era la única fecha de que disponíamos y distaba apenas una semana. «No sé si esa fecha tiene verdadero significado -le expliqué a Yatom-, pero el código de la Biblia predijo el día exacto en que volaron el primer autobús. No dispone usted más que de una semana para comprobarlo.» El 6 de mayo llegó y pasó sin novedad. Yatom no encontró armas. Israel no fue atacado. Mi confianza en el código de la Biblia empezó a tambalearse. Pero pronto se disiparon mis dudas. Una semana antes de las históricas elecciones israelíes del 29 de mayo de 1996 ¬una votación que decidiría el futuro de la paz sellada con el apretón de manos entre Rabin y Arafat-encontré la predicción del resultado en el código bíblico. «Primer ministro Netanyahu» aparecía codificado en el Antiguo Testamento y cruzaba ese nombre la palabra «elegido». Su apodo, «Bibi», figuraba en la misma linea y en el mismo versículo de la Biblia. No creí que fuera a suceder. Benjamin Netanyahu se oponía abiertamente al plan de paz. Shimon Peres era el arquitecto del plan y el heredero de pleno derecho de Itzhak Rabin. Yo confiaba en que Israel no le daría la espalda, incluso después de la oleada de atentados terroristas. Peres sería reelegido con toda seguridad. Todos los sondeos eran unánimes. Nadie esperaba que ganara Netanyahu. La víspera de las elecciones llamé a Eli Rips y le conté que había encontrado codificado en la Biblia «primer ministro Netanyahu». Fue Rips quien descubrió que «elegido» atravesaba su nombre. Estadisticamente estaba más allá de toda duda. Las probabilidades eran superiores a una en doscientas. El código bíblico parecía predecir que, si Netanyahu ganaba, moriría pronto. «Seguramente será asesinado» atravesaba con toda nitidez en el texto a «primer ministro Netanyahu». En la línea siguiente, y también en sentido transversal al nombre, aparecía la amenaza bíblica de muerte prematura: «le será arrebatada el alma». Es la frase específica con que se describe la muerte de un hombre antes de que alcance los cincuenta años. Netanyahu tenía cuarenta y seis. Su muerte estaba anunciada con tanta claridad como la de Rabin. Las probabilidades de que esa muerte figurara codificada junto al nombre eran de una en un centenar. Para el asesinato de Rabin las probabilidades eran de una en tres mil. Pero en el cuadro que predecía la elección de Netanyahu había muerte por doquier. «Asesinado» aparecía dos veces. El código también insinuaba que podía morir en una guerra. El texto oculto completo del anuncio de su muerte decía: «le será arrebatada el alma en combate». El día previo a las elecciones escribí la siguiente nota: «Si sólo me guiara por el código de la Biblia, tendría que decir que si Netanyahu resulta elegido no llegará con vida al término de su mandato.» Pero en el fondo estaba tranquilo. No me cabía duda de que esta vez el código fallaría. No creía que Netanyahu fuera a morir. Ni que fuera a ganar las elecciones. El 29 de mayo de 1996, tal como anunciaba el código secreto, Benjamin Netanyahu fue elegido primer ministro de Israel. Fue una votación tan ajustada -el 50,4% contra el 49,6 % que el resultado no se confirmó del todo hasta pasados dos días de los comicios. Fue un empate, finalmente decidido por los votos por correo, cuyo desenlace llevaba tres mil años codificado en la Biblia. La Casa Blanca, la OLP, los encuestadores y toda la prensa israelí se vieron pillados por sorpresa. Nadie esperaba que ganara Netanyahu. Como todo el mundo, la noche de las elecciones me fui a dormir convencido de que Peres había ganado y desperté con Netanyahu como nuevo primer ministro. Nuevamente sobresaltado, me invadió el mismo pánico que cuando el asesinato de Rabin y la oleada de terror confirmaron los vaticinios del código. Lo sorprendente no era que Netanyahu hubiera derrotado a Peres, sino que esa predicción tuviera tres mil años de antigüedad. Una vez más, el código de la Biblia acertaba y yo me equivocaba. Ya no se trataba de una mera confirmación de mis propias suposiciones o de un texto que predecía lo obvio. Ahora anticipaba con firmeza cosas que nadie podía esperar que sucedieran. El peligro de «holocausto atómico» volvió a cobrar visos de realidad. No sólo porque el código parecía recuperar consistencia sino también porque «Netanyahu» formaba parte de una importante cadena de acontecimientos que conducían al terror, empezando por el asesinato de Rabin y acabando en un ataque atómico. Era como el ensamblaje de las piezas de un rompecabezas que, lenta e inexorablemente, completan una imagen horrible. «Netanyahu» encajaba entre «Itzhak Rabin» y su asesino, «Amir», justo encima de las palabras que encontré el día en que murió Rabin: «todo su pueblo en guerra». Descubrí que atravesaban el nombre de «Amir» las palabras «cambió la nación, los hará malvados». Era como si el enfebrecido pistolero hubiera reemplazado a Rabin, el pacificador, por el hombre que ahora levantaría a «todo su pueblo en guerra», Netanyahu. Y junto a éste emergían palabras de terror bíblico: «para el gran horror, Netanyahu». Esas mismas palabras, que sugerían un acontecimiento tan espantoso que no tenía parangón fuera de la escala cósmica de la Biblia, volvían a figurar junto al anuncio de su elección, la única vez en que «primer ministro Netanyahu» aparecía codificado. Y las mismas palabras -«para el gran horror, Netanyahu»- aparecían en una tercera ocasión: junto a «holocausto atómico». Al día siguiente de que Netanyahu pronunciara el discurso como nuevo primer ministro llamé a su padre. BenZion Netanyahu, uno de los principales asesores de su hijo, es el primogénito de una vieja familia sionista cuyo padre cambió su apellido al llegar a Israel por otro que en hebreo significa «dado por Dios». El profesor Netanyahu es un estudioso de la Inquisición, de los antiguos orígenes del acoso a los judíos que condujeron al Holocausto hitleriano. Bibi y él se reúnen cada sábado. Pero el viernes por la mañana, cuando tuvo mi carta en sus manos, Ben-Zion Netanyahu se la llevó a su hijo inmediatamente. La carta decía: «Le he pedido a su padre que le entregue esta carta porque poseo información referente a una amenaza contra Israel que quizá debería usted contrastar personalmente. »La advertencia proviene del código secreto oculto en la Biblia que ya ha pronosticado acontecimientos ocurridos miles de años después de su escritura. »Anunció el asesinato de Rabin, anunció la fecha exacta de los atentados terroristas que han tenido lugar este año y también ha anunciado que usted resultaría electo. »Ahora advierte de un "holocausto atómico". »Ignoro si Israel se encuentra verdaderamente en peligro. Sólo sé que el peligro se halla codificado en la Biblia. »Si lo tomo en consideración es porque predijo que Rabin moriría en el año 5756, que los terroristas atacarían el 25 de febrero y que usted sería primer ministro. »Si la amenaza de un "holocausto atómico" también es real, el lapso de tiempo para evitarlo será muy corto. Recientemente hemos encontrado información que desvela una fecha.» Por fin habíamos dado con el día en que Israel sería atacado: el último día del año judío de 5756, el 13 de septiembre de 1996. «Holocausto de Israel» aparecía codificado junto a «29 de Elul». Exactamente tres años después del famoso apretón de manos entre Itzhak Rabin y Yasir Arafat en los jardines de la Casa Blanca. Si el 13 de septiembre de 1993 supuso el inicio de la paz tras cuatro mil años de enfrentamientos entre árabes y judíos, el 13 de septiembre de 1996 podía representar el terrible golpe final de ese inacabable combate. Viajé a Israel seis semanas antes de la fecha prevista para el «holocausto atómico». Todavía no habíamos acordado ninguna entrevista con el primer ministro. Lo primero que hice fue ir a ver a Eli Rips. El padre del mandatario ya se había comunicado telefónicamente con él y Rips le devolvió la llamada durante mi visita. El matemático le explicó que el código bíblico parecía afirmar que Israel sufriría un ataque nuclear. Le dijo que estaba claramente codificado, con amplias probabilidades de acierto aunque también precisó que nadie podía saber si el peligro era absolutamente real. «Hay un código secreto en la Biblia dijo Rips-. Pero ignoramos su capacidad predictiva. Si bien las palabras "holocausto atómico" y "holocausto de Israel" aparecen en efecto junto al año en curso, nadie sabe si esto significa que el peligro es inmediato, inevitable o incluso real. Lo que está claro es que las palabras que anuncian el peligro están codificadas intencionadamente.» «Se entrevistará contigo -me dijo Rips cuando colgó el teléfono--. Parecía un tanto perplejo pero me ha dicho que te recibirá.» -Si esto es cierto, entonces tendré que creer en Dios, y no sólo en Dios, sino en el Dios de Israel, y tendré que hacerme creyente -dijo Ben-Zion Netanyahu al recibirme en su sala de estar. Era toda una afirmación para ese sionista desafiantemente secular, un judío que confiaba más en las pistolas que en Dios para consolidar la nueva nación surgida al hilo de la segunda guerra mundial. Le confié que yo no era creyente ni religioso. -¿Cómo puede decir eso? -se sorprendió él-. Una cosa así tiene que ser sobrenatural. Esto no lo hizo ningún hombre. Si existe un código en la Biblia, significa que tiene dos mil o tres mil años. Y si desvela lo que pasa ahora, si es verdadero, entonces Dios existe. ¿Por qué ha venido usted a verme? -Porque el código de la Biblia afirma que Israel corre un peligro sin precedentes y creo que el primer ministro ha de saberlo -respondí. -El primer ministro ya lo sabe -dijo-. Y yo también. Para eso no necesitamos un código bíblico que nos lo cuente. -Aun así, el código indica que Israel se enfrenta a un «holocausto atómico» posiblemente este año -añadí. Le mostré unas cuantas matrices impresas del código. La predicción del asesinato de Rabin. La predicción de la elección de su hijo. Las predicciones de un «holocausto de Israel» y de un «holocausto atómico». -Si todo esto aparece codificado, significa que lo fue por un ser sobrenatural mucho más adelantado que nosotros; que a su lado somos como hormigas. ¿Cómo podemos detenerlo? -preguntó Netanyahu. Tanto Netanyahu como Rips, de hecho las dos personas con las que me había encontrado, parecían asumir que si el código era verdadero, tenía que provenir de Dios. Yo no era de su opinión. Para mí era sencillo imaginar que venía de alguien bueno que quería salvarnos, pero que no era nuestro creador. Evidentemente no provenía de alguien omnipotente, ya que, de ser así, en vez de codificar una advertencia no habría necesitado más que evitar el peligro. No obstante, lo que le dije al padre del mandatario fue que no había nada predeterminado, que lo que hiciéramos decidiría el resultado. -Hablaré con mi hijo -dijo Netanyahu-. Trataré de organizar una entrevista Mientras esperaba noticias del primer ministro busqué en el código confirmaciones del peligro que corría Israel. La única codificación de «la próxima guerra» volvió a atraer mi interés. Cuando lo vi por primera vez me pareció una confirmación evidente de conexión entre el asesinato de Rabin y la amenaza de un holocausto atómico. El texto oculto de la Biblia declaraba, justo encima de «la próxima guerra»: «Será tras la muerte del primer ministro.» También aparecían codificados en el mismo versículo los nombres «Itzhak» y «Rabin». En ese momento volví a observarlo y reparé en una nueva predicción en el mismo texto oculto: «otro morirá». Fue una confirmación sorprendente de que Netanyahu también podría correr peligro y conectaba su anunciada muerte con «la próxima guerra». Volví a ver a su padre para contarle aquello que le había ocultado en nuestro primer encuentro: el mismo código que predecía la elección de su hijo también parecía pre¬decir que moriría en el poder. Ben-Zion Netanyahu ya había perdido un hijo. El hermano del primer ministro, Jonathan, murió mientras dirigía la famosa incursión de un comando sobre Entebbe que liberó a cientos de rehenes el 4 de julio de 1976. En Israel era un héroe nacional. No había sido mi intención contarle al padre de Netanyahu que su otro hijo corría ahora peligro. Pero como nadie conseguía llegar hasta el primer ministro tuve que mostrarle al anciano el nuevo juego de matrices impresas del código. En una ocasión apareció codificado en la Biblia «primer ministro Netanyahu». La palabra «elegido» cruzaba su nombre. «Lo descubrimos una semana antes de que su hijo fuera elegido», dije. Le enseñé una segunda matriz. En ella aparecía la palabra «Cairo» junto a «primer ministro Netanyahu». Era la primera capital árabe que había visitado. La tercera matriz mostraba las palabras «hacia Amman», de nuevo en el mismo lugar que «primer ministro Netanyahu». Su viaje a la capital jordana estaba anunciado para la semana siguiente. «Las tres primeras predicciones ya se han hecho realidad -dije-. Creo que también debemos tomarnos en serio la cuarta.» Tendí la cuarta matriz al padre del primer ministro. Las palabras «en verdad morirá» atravesaban «primer ministro Netanyahu». El código lo hacia parecer inevitable. Aseguré al padre de los Netanyahu que sólo era una posibilidad, no una predestinación. Pidió que le mostrara de nuevo el vaticinio del asesinato de Rabin y lo contempló durante un rato en silencio. Otra vez más dijo que hablaría con su hijo. «Vi a mi hijo anoche -me dijo Ben-Zion el día anterior a mi programado viaje de regreso. No quiere un encuentro. Bibi no es un místico. Es muy práctico, muy terco y sencillamente no se lo cree.» Las mismas aterradoras palabras que utilizó el amigo de Rabin cuando traté de advertirle del anunciado asesinato: «No te creerá. No tiene nada de místico. Y es un fatalista.» Y ahora Rabin estaba muerto. Volví a Nueva York y envié una última carta al mandatario. La recibió justo antes del Año Nuevo judío. Mi carta decía: «Según el código, Israel correrá peligro durante los próximos cuatro años, pero el año actual puede ser crítico, y los días anteriores al Rosh Hashanah el peor momento.» Comenzaba la cuenta atrás. El código de la Biblia ya había demostrado su inefabilidad prediciendo el día que comenzaría la oleada de terror con la misma exactitud con la que había pronosticado la muerte de Rabin. El 13 de septiembre de 1996, día del anunciado holocausto, se aproximaba y el nuevo primer ministro se negaba a tomar en consideración la advertencia. Faltaban tres días para el aniversario del apretón de manos de Rabin y Arafat. Rabin había muerto como lo predecía el código bíblico. La paz también había muerto como predecía el código bíblico. Peres, el arquitecto de la paz, había sido sustituido por Netanyahu, opuesto a la paz, como también vaticinaba el código de la Biblia. Todo lo señalado para 5756, el año del anunciado «holocausto atómico», se había cumplido. De esa forma, a medida que se acercaba el fin de año no podía retirar de mi mente la pregunta que deletreaba la grafía hebrea, que indicaba asimismo el año; el reto aparentemente dirigido a nosotros: «¿Lo cambiaréis?» Y entonces descubrí que 5756 también aparecía codificado junto al «fin de los días».
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