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Autor Tema: CAPÍTULO CUATRO - EL LIBRO SELLADO  (Leído 808 veces)
Antonio
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Pasatiempos en linea


« : Septiembre 24, 2006, 11:42:13 »





Las dos grandes revelaciones bíblicas, el libro de Daniel del Antiguo Testamento y el del Apocalipsis del Nuevo, constituyen predicciones de un horror sin precedentes que nos serán plenamente reveladas en el «fin de los días», cuando se abra un libro secreto.
En el del Apocalipsis, sólo el Mesías podrá abrir el libro protegido por «siete sellos»: «Vi también en la mano derecha del que está sentado en el trono un libro escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos. Pero nadie era capaz, ni en el cielo ni en la tierra ni bajo tierra, de abrir el libro ni de leerlo.»
En el de Daniel, que es la versión original de la misma historia, un ángel le revela al profeta el futuro ulterior, y luego le dice: «Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin.» Fueron estos dos versos los que impulsaron a Isaac Newton a buscar un código en la Biblia.
En los cinco libros originales, el fin se anuncia en cuatro ocasiones. Fijé mi atención en la primera de ellas, cuando el patriarca Jacob les cuenta a sus doce hijos «lo que os ha de acontecer en días venideros». En el código, allí se lee «5756».
«En 5756» atraviesa la frase «en el fin de los días». Este año del antiguo calendario hebreo corresponde al que va de septiembre de 1995 a septiembre de 1996. De las diez siguientes cifras posibles, ninguna otra coincidía. Las probabilidades de que el año en curso estuviera codificado junto al «fin de los días» por casualidad era de una en un centenar.
Me resistía a creer que el apocalipsis estuviera a punto de empezar. Verifiqué la segunda mención del fin de los días en el texto corriente. Aquí es Moisés quien anuncia al pueblo de Israel lo que le acontecerá «al final de los tiempos». El pasaje coincide con la codificación del asesinato de Rabin.
Busqué la tercera mención. Justo antes de morir, en su discurso final ante los antiguos israelitas, Moisés vuelve a advertirles del mal «que sobrevendrá al final de los días». También aquí la codificación correspondía al asesinato de Rabin. La cuarta mención está puesta en boca del misterioso hechicero Balaam, quien le anuncia a un viejo enemigo de Israel «lo que este pueblo ha de hacer a tu pueblo en los postreros días».
Hay en su visión apocalíptica un escalofriante atisbo de realidad. Predice una gran batalla en Oriente Medio, una guerra futura entre Israel y los árabes, un conflicto terrible que «aniquilará para siempre» varias naciones. «Lo veo, pero no para ahora dijo Balaam hace tres mil años-. Lo diviso, aunque no está cerca.» En el código de la Biblia, esta profecía de los «postreros días» coincidía con «holocausto atómico» y «guerra mundial».
Además de éstas, existe en la Biblia otra mención del «fin de los días». Casi al final del libro de Daniel, el ángel se niega a revelar al profeta los detalles de un apocalipsis que durará tres años y medio y luego le dice: «Anda, Daniel, porque estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin.» Y más adelante: «te levantarás para recibir tu suerte al fin de los días».
Así pues, verifiqué el contenido de este pasaje en el código secreto y descubrí que también hacía referencia al año en curso, 1996. Las probabilidades de que «en 5756» y el «fin de los días» coincidiesen nuevamente en el texto eran de una en doscientas o más. Hice que el ordenador rastreara las fechas de los siguientes cien años, pero ningún año del próximo siglo se repetía en ambas profecías bíblicas.
El código de la Biblia afirmaba sin duda alguna que el fin era inminente, que el presente año, el que en el calendario moderno había empezado a fines de 1995 y terminaba a fines de 1996, era la fecha inaugural del tan anunciado apocalipsis. Lo que el código no decía era cuándo acabaría el «fin de los días».
Volví a revisar el último capítulo de Daniel, allí donde el libro secreto queda sellado. El texto original señala que el «libro sellado» revelará al mundo los detalles de un horror jamás visto: «Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones.» En cierto modo presentaba al código secreto como una advertencia de la catástrofe postrera. Si bien no aclaraba cuándo ocurriría, el código parecía dejar claro que habría una tercera «guerra mundial», un «holocausto atómico», el definitivo Armagedón.
Llevaba cuatro años investigando el código de la Biblia y sabía desde el principio que las dos principales predicciones del final de los tiempos hablaban de un conoci¬miento revelado cuando se abriera un libro secreto. Sin embargo no se me había ocurrido hasta entonces que el libro sellado pudiera ser el código. Porque, pensándolo bien, si el código de la Biblia existía de verdad, sólo podía tener un objeto: prevenimos de la inminencia de un peligro sin precedentes. ¿Cómo explicar si no la presencia de un código con más de tres mil años de antigúedad en el libro más importante del planeta? Deduje, asimismo, que el peligro debía de estar a punto de sobrevenir porque de otro modo no habríamos descubierto el código.
Una inteligencia capaz de ver el futuro había codificado la Biblia. Sabía cuándo sobrevendría el peligro. Diseñó, por tanto, un código que sólo la tecnología de la época crucial podría desvelar. ¿Era, pues, éste el «libro sellado»? De hecho, el código tenía una especie de seguro temporal que garantizaba su secreto hasta tanto no se inventaran los ordenadores. ¿Habíamos logrado abrir el «libro sellado»? ¿Estábamos realmente a las puertas del tan temido «fin de los días»?
Eli Rips, recordé, había comparado el código secreto con un puzzle gigante de miles de piezas de las que sólo teníamos unas cuantas. Poco a poco se iba formando la imagen, pero era demasiado grande y, sobre todo, demasiado sobrecogedora como para aceptarla. Regresé a Israel y me dirigí a la casa de Rips en Jerusalén.
Juntos estudiamos los pasajes de la Biblia donde aparecían codificadas las dos predicciones del «fin de los días» y donde ambas coincidían con el año en curso.
-¿Lo encuentra usted posible? -pregunté.
-Sí -respondió él, pensativo.
-¿Será el código secreto el «libro sellado» del que habla la Biblia? -volví a preguntar.
Tampoco el descubridor del código se había planteado nunca la posibilidad de haber accedido al «libro sellado» de las profecías, el texto secreto que, según vaticina la propia Biblia, será abierto a modo de postrera revelación en el «fin de los días».
-Desde luego, si el peligro codificado es real, si el holocausto atómico está a punto de estallar, se cumpliría la profecía de Daniel dijo Rips.
Abrió su Biblia y leyó en voz alta las famosas palabras:
«Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones.» Rips estaba de acuerdo con que el libro secreto había sido diseñado para salir a la luz ahora.
-Por eso fracasó Isaac Newton -reflexionó Rips-. Estaba «sellado hasta el fin de los tiempos». Para abrirlo se requería un ordenador.
Le dije a Rips que no creía que fuera a sobrevenir un «fin de los tiempos». Y mucho menos que estuviera a punto de comenzar.
-Estoy convencido de que es verdad el antiguo comentario -dijo Rips-de que ocurrirán cosas terribles antes de la llegada del Mesías.
Yo repuse que me resultaba imposible creer en una salvación sobrenatural. A mi entender, la única ayuda que recibiríamos provendría del código secreto. Lo cual tampoco me resultaba fácil de creer. Volví a revisar la matriz donde el «fin de los días» se cruzaba con «en 5756». Allí, el ordenador había descodificado otras dos palabras: «Amir», el nombre del asesino de Rabin, y «guerra». La primera aparecía en la misma secuencia equidistante que la fecha crucial; justo debajo podía leerse la segunda. Tal vez no quedaba claro cuándo empezaría la «guerra» predicha, pero de que el código estaba programado para el presente no había la menor duda.
El «fin de los días» ya no era un suceso místico que sobrevendría en un futuro lejano. Según el código de la Biblia, ya había empezado. Estábamos en el umbral del tan anunciado apocalipsis. No obstante, tanto el peligro como el modo de prevenirlo parecían estar codificados. Así lo indicaban las palabras «plaga», «paz» y algo que podía leerse ya como ruego, ya como orden: «¡salvad!».
Rips abrió nuevamente su Biblia en el libro de Daniel y señaló las palabras que seguían a la predicción de un «tiempo de angustia» sin precedentes: «En aquel tiempo se salvará tu pueblo: todos los que se encuentren inscritos en el Libro.» ¿Quería eso decir que el «libro sellado» se había abierto justo a tiempo de advertirnos del peligro postrero, el temible «fin de los días»?
Yo no podía creerlo. Jamás había creído en el apocalipsis. Siempre pensé que se trataba de una amenaza vacía, la vara con la que todas las religiones mantenían a su rebaño a raya. La historia está llena de predicadores catastrofistas que veían en la Biblia signos inminentes del fin del mundo. Leían las palabras de Daniel y el Apocalipsis y las interpretaban como ilustraciones de su propio presente.
Los guardianes de los rollos del mar Muerto, los fanáticos que hace más de dos mil años escondieron copias de casi todos los libros de la Biblia en cavernas junto al mar Muerto, estaban convencidos de que la batalla final había dado comienzo. También los primeros cristianos creyeron que el Nuevo Testamento les anunciaba el advenimiento inminente del fin. ¿Acaso no había advertido Cristo que «esta generación no pasará hasta que todo esto haya acontecido»?
Toda época ha tenido sus voceros apocalípticos. Al cumplirse el primer milenio, en el año 1000 de nuestra era. Durante todos los períodos de guerra o crisis. Y siempre basados en citas bíblicas, siempre convencidos de haber podido por fin desgarrar el velo y ver claramente en el lenguaje simbólico los signos precisos del advenimiento del fin.
Ninguno estaba en lo cierto. Pero hasta ahora ningún científico serio había descubierto un código informatizado en la Biblia, una prueba matemática corroborada por todos los científicos que se ocuparon de revisarla. Asimismo, ninguno había encontrado antes un código capaz de predecir hechos concretos del mundo real. Jamás se habían encontrado nombres y fechas precisas en los textos. Como por ejemplo el nombre de un cometa y el día en que chocaría contra Júpiter. O el de un primer ministro, el de su asesino y el año en que éste lo asesinaría. Nadie había encontrado el día exacto del comienzo de una guerra.
El código secreto de la Biblia era diferente.
Suponiendo que el código fuera una advertencia a este mundo, ¿de dónde venía entonces? ¿Quién podía prever los próximos tres mil años y codificarlos en la Biblia?
La misma Biblia dice, por supuesto, que su autor es Dios, y que Moisés recibió de Él los primeros cinco libros en el monte Sinaí: «Dijo Yahvé a Moisés: Sube hasta mí, al monte; quédate allí y te daré las tablas de piedra, la ley (Torá) y los mandamientos.»
Fue aquél, según la Biblia, un encuentro sobrecogedor. En la quietud crepuscular del desierto irrumpió de pronto un rayo terrible y la montaña que se cernía en sombras fue iluminada por un relámpago fulgurante. Grandes llamas surgieron de la cima del monte como si el pico mismo estuviera ardiendo y, al brillo de una luz creciente, la vasta extensión del desierto empezó a temblar.
Sobresaltados por el trueno y el relámpago, así como por el suelo que temblaba bajo sus pies, seiscientos mil hombres, mujeres y niños huyeron de las tiendas donde dormitaban y contemplaron aterrados el monte que se agitaba violentamente y humeaba como un horno. Un cuerno de carnero sonó por encima del trueno y un hombre avanzó hacia la mole de piedra. De pronto, una voz lo llamó desde todas y ninguna parte: «Moisés, sube a la cima del monte.» Corría el año 1200 a. J.C.
De acuerdo con la Biblia, en la cima del monte Sinaí oyó Moisés la voz a la que llamamos «Dios». Y esa voz le dictó los Diez Mandamientos -las leyes en las que se ha basado la civilización occidental- y el libro al que llamamos Biblia.
Sin embargo, allí donde Dios dice: «Mira, voy a hacer una alianza; realizaré maravillas delante de todo tu pueblo», en el código se lee: «ordenador». La palabra «ordenador» aparece seis veces en el texto original de la Biblia, oculta en el término hebreo para «pensamiento». Cuatro de las seis menciones anacrónicas de «ordenador» pertenecen a los versículos del Éxodo que describen la construcción del Arca de la Alianza, la célebre «arca perdida» que albergaba los Diez Mandamientos.
El código sugiere que incluso las leyes grabadas en las dos tablas de piedra podrían haber sido generadas por ordenador. «Las tablas eran obra de Dios, y la escritura, grabada sobre las mismas, era escritura de Dios», dice el versículo 32, 16 del Éxodo. Pero el texto codificado en ese mismo pasaje afirma: «fue hecho por ordenador». Lo que describe el código ha de ser un artefacto muy superior a todos cuantos conocemos. No hace mucho, el New York Times informó que la humanidad podría estar a punto de dar el siguiente paso, es decir, de incorporar el mundo dentro de átomos y crear «un método de procesamiento de información tan potente que sería para la informática actual lo que la energía nuclear para el fuego». Este «ordenador cuántico» podría, según el Times, realizar en cosa de minutos cálculos que nuestros superordenadores tardarían hoy en día cientos de millones de años en efectuar.
El astrónomo Carl Sagan observó en cierta ocasión que si el universo albergaba alguna otra forma inteligente de vida, parte de ella debió de haber evolucionado con toda probabilidad mucho antes que nosotros, de modo que habría tenido miles, o cientos de miles, o millones, o cientos de millones de años para desarrollar la tecnología avanzada que nosotros recién estamos empezando a manejar.
«Tras billones de años de evolución biológica (en su planeta y en el nuestro), no es lógico que una civilización extraterrestre esté a escasa distancia tecnológica de nosotros -escribió Sagan-. Ha habido humanos durante más de dos millones de años, pero sólo hace un siglo que conocemos la radio. Si hubiera civilizaciones extraterrestres más primitivas que nosotros, lo más probable es que estuvieran en un estadio muy anterior a la radio. Y si fueran más avanzadas, entonces nos llevarían una enorme delantera. Basta pensar en los avances tecnológicos que ha experimentado el mundo en unos pocos siglos. Lo que para nosotros es tecnológicamente difícil o imposible, incluso mágico, podría ser para ellos de una trivialidad apabullante.»
Arthur C. Clarke, autor de 2001, donde un misterioso monolito negro aparece en sucesivas etapas de la evolución humana, precisamente cuando estamos a punto de acceder a un nivel superior, hizo una observación similar:
«Toda tecnología lo bastante avanzada resulta indiscernible de la magia.»
Lo que el código de la Biblia parece plantear es que tras los «milagros» del Antiguo Testamento se esconde una tecnología avanzada. El código lo llama «ordenador». Pero quizá sólo lo haga para que podamos entenderlo. «Cada época histórica ha recurrido a su tecnología más impactante como metáfora del cosmos, e incluso de Dios», afirma en su libro La mente de Dios el físico australiano Paul Davies.
Puesto que la raíz de la misma palabra que designa en hebreo al «ordenador» significa asimismo «pensamiento», cuando la Biblia revela que hay un «ordenador» detrás de los «milagros» podría estar refiriéndose a una «mente». Pero no a una mente como la nuestra, ni a un ordenador como los nuestros.
La única creencia compartida por todas las grandes religiones es la de que existe una inteligencia externa no humana: Dios. Si el código de la Biblia prueba algo, esto es que efectivamente existe una inteligencia no humana o, al menos, que tal inteligencia existía cuando la Biblia fue escrita.
Ningún humano podría haberse anticipado a lo que ocurriría miles de años más tarde y codificar en ese antiguo libro los detalles del mundo de hoy.
Hemos olvidado que la Biblia es nuestro mejor relato de un encuentro cercano. El tan esperado contacto con otra clase de inteligencia podría haber ocurrido mucho tiempo atrás. Según el texto sagrado, habría ocurrido cuando una voz salida de la nada le habló a Abraham, y volvió a ocurrir cuando la voz le habló a Moisés desde un arbusto en llamas.
El código de la Biblia es, de hecho, esa forma alternativa de contacto que los científicos dedicados a la investigación de vida extraterrestre siempre han planteado: «el descubrimiento de un artefacto-mensaje extraterrestre en o cerca de la Tierra». El físico Davies sugirió que un «artefacto extraterrestre» podría estar «programado para manifestarse sólo cuando la civilización terrícola atravesase determinado umbral de conocimiento». ¿Qué mejor descripción del código secreto de la Biblia, un mensaje temporizado que sólo ha podido abrirse gracias al desarrollo de los ordenadores?
El resto de la hipótesis de Davies continúa describiendo con todo detalle el código de la Biblia: «El artefacto podría entonces ser interrogado directamente, al igual que una terminal interactiva moderna, estableciéndose así un modo de diálogo. Tal artefacto (similar a una cápsula temporal extraterrestre) podría almacenar una enorme cantidad de información de suma importancia para nosotros.» Davies, ganador del premio Templeton de ciencia y religión, imagina «tropezar con el artefacto en la Luna o en Marte», o «descubrirlo de pronto en la superficie terrestre en el momento apropiado».
De hecho siempre ha estado ahí. Se trata del libro más leído del mundo. Sólo que no nos habíamos percatado de su verdadera naturaleza.
Lo que Moisés recibió en el monte Sinaí fue, por tanto, una base de datos interactiva a la que hasta ahora no habíamos podido acceder adecuadamente. La Biblia que Dios le dictó a Moisés era en realidad un programa de ordenador. Al principio fue grabado en piedra y escrito en rollos de pergamino. Luego fue encuadernado en forma de libro. No obstante, el código lo llama «el antiguo programa de ordenador».
Ahora que sabemos ponerlo en marcha, la verdad oculta de nuestro pasado y nuestro futuro puede salir a la luz. El título de «código de la Biblia» también está codificado en el texto bíblico, y estas palabras significan asimismo «Él ocultó, disimuló en la Biblia». Lo cual sugiere que hay otra Biblia codificada dentro de la historia que abiertamente narra el Antiguo Testamento. El código informatizado confirma a las claras su función de «sello», de seguro temporal que hasta ahora ha protegido los secretos ocultos. En una de las matrices, la frase «sellado ante Dios» cruza las pala¬bras «código de la Biblia».
Y el término «ordenador» aparece codificado en el último capítulo de Daniel, partiendo del mismo versículo
Pero las mismas palabras hebreas para «revelador de secretos» significan también «rollo secreto». Así, el texto oculto afirma: «Él reveló los secretos para permitir que tú revelaras este rollo secreto.»
El código de la Biblia es el «rollo secreto».
¿Es este «Dios» que enseñó el futuro a José y a Daniel el mismo que ahora, a través del código bíblico, nos enseña el futuro a nosotros?
Todo esto, como dice Miles, parece una vez más «adivinación a nivel internacional».
El asesinato de Rabin y el año en que ocurriría fueron anunciados anticipadamente. La guerra del Golfo y la fecha de su inicio fueron anunciadas con absoluta precisión.
Pero yo aún ignoraba si las predicciones de una tercera «guerra mundial», de un «holocausto atómico», del «fin de los días» eran del todo exactas. Además, me preguntaba por qué se había limitado Dios a revelar el peligro en lugar de evitarlo. «El Dios que ayuda a José -escribe Miles-era lo bastante grande como para saber qué estaba ocurriendo pero no tanto como para determinar lo que podría ocurrir.» Esto mismo puede aplicarse a quienquiera que fuese el codificador de la Biblia. Era capaz de prever el futuro, no de modificarlo. Por eso había escondido una advertencia en la Biblia.
En opinión de Miles, el libro de Daniel presenta la historia humana como «un vasto rollo de película cuyo contenido se conoce antes de su proyección». Dios puede «ofrecer un avance». La cuestión es hasta qué punto la visión de la película nos haría cambiarla. ¿Abrir el «libro sellado» nos otorga tan sólo la horrible visión del «fin de los días» o también nos permite evitarlo?
«Incluso en un mundo creado por un Dios todopoderoso y benévolo puede haber entre el bien y el mal un combate de resultado incierto», apunta Eli Rips.
En ese sentido, el código de la Biblia podría ofrecer un juego de probabilidades. Tal vez incluya todos nuestros futuros posibles. Cada uno de los acontecimientos predichos se encuentra codificado al menos junto a dos resultados posibles. Rips acepta que el código pudiera contener una secuencia positiva y otra negativa, dos cadenas de realidad opuestas e imbricadas. Un defensor y un fiscal, como en los tribunales.
«Tal vez siempre coexistan dos afirmaciones opuestas a fin de preservar nuestro libre albedrío y el código esté escrito como un debate -señaló Rips-. Según el Midras, el mundo fue creado dos veces: primero desde una perspectiva absoluta del bien y del mal; luego Dios comprendió que así era imposible la existencia, que la imperfección humana no tenía cabida, y añadió la compasión. Lo cual no equivale a mezclar agua caliente y fría hasta que quede tibia, sino a mezclar fuego y nieve sin que ninguno pierda su esencia. Las dos cadenas del código de la Biblia podrían comportarse así.»
Sin embargo, Rips dudaba de que los codificadores también fueran dos.
«La Biblia fue codificada a un mismo tiempo por una mente única -insistió-que podría haber codificado dos puntos de vista distintos.»
Luego abrió la Biblia en Isaías 45, 7 y leyó: «Yo soy Yahvé, no hay ningún otro; Yo modelo la luz y creo la tiniebla, Yo hago la dicha y creo la desgracia, Yo soy Yahvé, el que hago todo esto.» Como matemático y judío devoto, Rips no necesita preguntarse quién era el codificador. La respuesta es obvia. El codificador, el defensor y el fiscal son todos uno. Y ese uno es Dios.
Para mí no era tan sencillo. Tenía la prueba de que existía un código pero no de que existiera Dios. Si el código provenía de un Dios todopoderoso, no tenía sentido que nos vaticinara el futuro. Le bastaría con modificarlo. En cambio, el código parecía provenir de alguien bueno pero no omnipotente, alguien que quería advertirnos de un peligro terrible para que intentásemos evitarlo.
El libro del Apocalipsis anuncia que la batalla final caerá sobre nosotros por sorpresa, como un ladrón en medio de la noche. En efecto, las palabras inmediatamente anteriores al Armagedón son: «Mira que vengo como ladrón.» La Biblia nos advierte de una desgracia súbita e inevitable. Sin embargo, el mensaje del código es precisamente el opuesto; nos advierte para que podamos evitar el desastre apocalíptico.
La verdad está oculta en el último capítulo de Daniel, en el versículo que describe el «libro sellado». El código revela que el libro secreto fue diseñado para ser encontrado ahora. Este año de 1997, correspondiente en el calendario hebreo al número 5757, aparece codificado junto a las palabras «sella el libro hasta el tiempo del fin». Justo encima, el texto oculto señala: «para vosotros, los secretos ocultos». Y atra¬vesando «5757» vuelven a aparecer esas mismas palabras, que también significan: «para vosotros, fue codificado».
Pero ¿quién lo codificó? Las últimas palabras que se le dicen a Daniel -«Y tú, vete hasta que llegue el fin, pues reposarás, y te levantarás para recibir tu suerte al fin de los días»-tienen más de un significado. Hablan también de alguien que ha estado luchando a lo largo del tiempo para evitar un desastre anunciado y acaba llevando la historia a buen puerto: «Persevera por la suerte de todos hasta el fin de los días.»
Alguien escondió en la Biblia una advertencia, la información necesaria para que impidamos la destrucción del mundo.
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