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Autor Tema: CAPÍTULO SEIS - ARMAGEDON  (Leído 862 veces)
Antonio
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Pasatiempos en linea


« : Septiembre 24, 2006, 11:39:28 »





Hace más de dos mil años, una comunidad mesiánica se refugió en el farallón rocoso que domina el mar Muerto; esperaban que se les unieran los ángeles para librar la última batalla contra el diablo, y de esa forma preparar la «guerra de los hijos de la luz contra los hijos de las sombras».
Por temor a que los romanos destruyeran las copias restantes de la Biblia, ese pequeño grupo de antiguos israelitas escondió cientos de rollos de pergamino en las cavernas de los escarpados peñascos del desierto. En 1947, un joven pastor beduino lanzó una piedra contra una de las cuevas y oyó ruido de cerámica rota. Dentro de la vasija que había recibido el impacto encontró las copias más antiguas que se conocen de cualquier libro de la Biblia.
Subí esos peñascos a los pocos días de enterarme de que la Biblia, cuyos manuscritos del mar Muerto confirmaban una antiguedad no menor de dos mil años, pronosticaba en un código secreto informatizado acontecimientos que ocurrirían miles de años después de escrita. Permanecí sentado horas en la cima de la montaña, contemplando un paisaje desértico, inalterado durante milenios, desde que el grupo religioso acampara allí a la espera del fin.
Al día siguiente contemplé en el Santuario del Libro de Jerusalén la más antigua profecía del Apocalipsis, el rollo de pergamino de Isaías, con una edad de 2 500 años. El texto integro original de Isaías, hallado intacto en esas cavernas sobre el mar Muerto, estaba enrollado en un enorme cilindro instalado en un pedestal asomado al profundo pozo que ocupaba el centro del museo abovedado.
¿Por qué, me pregunté, estaba expuesto el rollo de esta singular manera? Llamé a Armand Bartos, el arquitecto que diseñó el museo que hoy alberga los rollos del mar Muerto.
Fue diseñado así para que el cilindro pudiera retraerse automáticamente, descender al nivel inferior y quedar recubierto por placas de acero -informó Bartos.
-¿Por qué? -pregunté.
-Para proteger la copia más antigua de la Biblia que se conoce -dijo Bartos.
-¿De qué? -volví a preguntar.
-De una guerra nuclear.
Nadie sabia aún que el antiguo rollo que envolvía el gran cilindro, protegido mediante un ingenioso mecanismo del peligro nuclear, ocultaba la advertencia de que Jerusalén podía, en efecto, ser devastada por un ataque nuclear, un «holocausto atómico» que provocaría una «guerra mundial», el verdadero Armagedón.
El secreto se ocultaba en un «libro sellado». Isaías describe un terrible apocalipsis que aún ha de llegar, una visión verdaderamente aterradora de una guerra futura, y luego afirma: «Toda esta revelación será para vosotros como palabras de un libro sellado.»
Se trata de la primera referencia bíblica a un «libro sellado». Primero en una cueva, luego en un código indescifrable hasta la invención del ordenador, permaneció oculta una visión de nuestro futuro. Al principio, Isaías afirma que nadie será capaz de abrir el «libro sellado»: «Y si lo dais a uno que sabe leer, diciendo: Ea, lee eso, dice el otro: No puedo porque está sellado.» Pero luego predice que el «libro sellado» será abierto: «Oirán aquel día los sordos palabras de un libro, y desde la tiniebla y desde la oscuridad los ojos de los ciegos las verán.»
En el texto oculto, estos mismos versículos de Isaías revelan que el libro sellado es en verdad el código secreto: «Él reconoció las palabras, serán informatizadas, su informe escucharon en ese día, los secretos, las palabras mágicas del libro.» Sólo un ordenador pudo descifrar la advertencia de una guerra nuclear realizada hace 2500 años. Y ahora el código de la Biblia revelaba cuándo y dónde comenzaría el verdadero apocalipsis.
Verifiqué cada uno de los próximos 120 años. Sólo dos de ellos, 2000 y 2006, aparecían claramente codificados junto a «guerra mundial». Ambos estaban asimismo codifi cados con «holocausto atómico». Eran los dos únicos años de los próximos 120 que coincidían con ambas expresiones.
No hay manera de saber si la guerra que predice el código ha de estallar en el 2000 o en el 2006. El primero aparece en dos ocasiones, pero 2006 presenta mayores probabilidades matemáticas. Tampoco hay manera de saber si el peligro es real. Pero si el código está en lo cierto, podría desatarse una guerra mundial hacia finales del milenio, probabilidad no del todo descartable dentro de los próximos diez años.
«Holocausto atómico» y «guerra mundial» están codificados juntos. Según el código, en la próxima guerra se emplearán armas de destrucción masiva que jamás se habían empleado en batalla alguna. Hiroshima significó el fin de la segunda guerra, pero hoy en día existen, entre ojivas atómicas y misiles balísticos múltiples, al menos cincuenta mil armas nucleares. Cada una de ellas puede destruir una ciudad entera. Podrían barrer el mundo en pocas horas.
La tercera guerra mundial sería, literalmente, el Armagedón.
El aviso de cuándo, dónde y cómo arrostraría nuestro mundo el verdadero Armagedón, una guerra mundial nuclear, ha permanecido oculto en el más sagrado de los versículos de la Biblia durante tres mil años.
Cuando abrimos el «libro sellado» en busca de la tercera guerra mundial descubrimos que el año en que podría estallar se hallaba previsto en un rollo de veintidós líneas que ocupa un lugar central en la Biblia.
El rollo se llama Mezuzah. Contiene las 170 palabras, de las 304805 letras que componen los cinco textos originales de la Biblia, que Dios ordenó disponer en un rollo aparte y fijar a la entrada de cada hogar.
Los años 2000 y 2006 -«en 5760» y «en 5766»-se hallan entre esas 170 palabras. «Guerra mundial» -la única vez que aparece codificada en la Biblia-se encuentra en el mismo lugar y atraviesa uno de los versículos sagrados. «Holocausto atómico» -la única vez que aparece codificado en la Biblia-también figura junto a ambos años en los mismos versículos del rollo.
La Mezuzah, que contiene quince versículos, comienza con el mandato más importante: «Escucha, Israel. Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé.» En dos ocasiones indica Dios en esos breves versículos la forma exacta en que deben mantenerse vivas esas palabras:
«Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en las puertas.»
Los años en que puede comenzar la tercera guerra mundial estaban inscritos en los versículos mejor guardados del Antiguo Testamento. Y allí donde fueron codificados los años 2000 y 2006 el texto oculto de los sagrados manuscritos hace advertencias de guerra: «Bombardeará vuestro país, terror, devastación, será lanzado.»
No parece casual que la fecha en que el mundo deberá hacer frente a una guerra nuclear aparezca codificada en dos de los quince versículos de la Biblia que en dos ocasiones Dios ordenó memorizar, enseñar a los niños y recitar cada mañana y cada noche. No puede ser casual que los años más claramente codificados junto a «guerra mundial» estuvieran ocultos en las 170 palabras que permanecieron guardadas en un rollo aparte durante tres mil años y que aún hoy siguen ocupando un sitio privilegiado a la entrada de casi cada casa de Israel.
Basta que falte una sola letra para que la Mezuzah no pueda utilizarse. Alguien quiso asegurarse de que, pasara lo que pasara con el resto de la Biblia, esas palabras, este manuscrito, se preservaría exactamente como fue escrito y con su código oculto intacto. Ese antiguo código, que ahora predecía que la tercera guerra mundial podía estallar en el transcurso de diez años, también había pronosticado que la segunda guerra mundial se iniciaría «en 5700», 1939-1940 del calendario moderno. «En 5700, llegó el incinerador», señala el texto oculto completo, prediciendo no sólo la guerra sino también los hornos del Holocausto.
El Armagedón de los años 2000 y 2006 fue codificado en los mismos versículos sagrados de la Biblia, el código cuidadosamente preservado en la Mezuzah que con tanta precisión había pronosticado la última guerra mundial.
En lugar de guerra nuclear entre superpotencias, el mundo puede enfrentarse ahora a una nueva amenaza: el terrorismo dotado de armas nucleares.
Junto a «terrorismo», «guerra mundial» y justo por debajo de «tercera», aparecen las palabras «guerra a degüello» -que sugieren un combate de aniquilación total claramente codificadas junto a «holocausto atómico».
La súbita caída de la Unión Soviética cambió el mundo. La desaparición del principal adversario de Estados Unidos puso a disposición de los terroristas el mayor mercado mundial de armas nucleares.
Una comisión del Senado estadounidense confirmó el peligro. «Nunca se había desintegrado un imperio en posesión de treinta mil armas nucleares», afirmó el senador Sam Nunn, vicepresidente del comité. El senador Richard Lugar, para quien la antigua Unión Soviética era un «gigantesco supermercado potencial de armas nucleares, químicas y biológicas», advirtió que «se había incrementado la posibilidad de que detonaran en Rusia, Europa, Oriente Medio o incluso Estados Unidos una, dos
o una docena de armas de destrucción masiva».
La caída del comunismo fue presagiada por el código bíblico. La única vez que aparece «comunismo» lo hace junto a «caída de» y «Ruso». «China» se encuentra debajo, entrelazada con un vaticinio: la palabra «siguiente».
Muchos occidentales vivieron la caída de la Unión Soviética como una victoria. El fin del comunismo en China seria visto como un triunfo final, pero el caos de otra po¬tencia nuclear aumentaría la venta indiscriminada o el robo de armas nucleares capaces de destruir ciudades enteras.
Si el código de la Biblia está en lo cierto, son los terroristas nucleares quienes pueden desencadenar la próxima guerra mundial. Puede comenzar -cómo sugirió el primer ministro Peres unos días después de nuestro encuentro-cuando una arma nuclear «cae en manos de paises irresponsables y es transportada a hombros de fa¬náticos».
La segunda guerra mundial finalizó con una bomba atómica. La tercera guerra mundial puede iniciarse de ese modo.
Jerusalén, la ciudad más disputada de la historia -conquistada por el rey David, incendiada por los babilonios, saqueada por los romanos y sitiada por los cruzados, sus tres mil años de sangrientos conflictos tampoco finalizaron al recuperarla los israelíes durante la guerra de 1967-, aparece codificada en la Biblia como claro objetivo del anunciado ataque nuclear.
Hay una sola ciudad en el mundo que aparece codificada en la Biblia junto a «holocausto atómico» o «guerra mundial», y ésta es «Jerusalén».
El nombre de la ciudad se halla oculto en un único versículo de la Biblia, codificado allí donde Dios amenaza con castigar a Israel a lo largo de toda la historia: «Porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.»
«Vuestra ciudad destruida por un acto de terrorismo» atraviesa «holocausto atómico». El objetivo se confirma en la profecía más antigua del Apocalipsis, aquella encontrada intacta entre los rollos del mar Muerto, el libro de Isaías, de 2500 años de antigúedad.
«¡Ay de ti, Ariel, Ariel, villa donde acampó David!», se lamenta Isaías, utilizando un antiguo nombre bíblico para denominar a Jerusalén. El asedio que redujo a «polvo» la ciudad sagrada es descrito en palabras vivamente apocalípticas:
«Sucederá que, de un momento a otro, de parte de Yahvé Sebaot serás visitada con trueno, estrépito y estruendo, turbión, ventolera y llama de fuego devoradora.»
Se trata de una visión sumamente precisa de un «holocausto atómico», previsto miles de años antes y expresado en las únicas palabras que un vidente de la antigñedad podía utilizar para describirlo. Comparémosla con la descripción moderna del bombardeo atómico de Hiroshima: «La ciudad entera quedó en ruinas al instante. El centro de la ciudad se derrumbó. Media hora después, la explosión producida por el impulso térmico empezó a fundirse en una tormenta de fuego que duró seis horas. Durante cuatro horas, en pleno mediodía, un violento huracán surgido de las extrañas condiciones meteorológicas producidas por la explosión acabó de devastar lo que quedaba de la ciudad.»
Estas palabras, que parecen repetir las de Isaías, pertenecen al conocido relato que hizo Jonathan Schell del bombardeo de 1945 en su libro The Fate of the Earth.
Nadie en Hiroshima oyó la explosión. La onda expansiva generó un vacio, pero a kilómetros de distancia hubo un ruido tremendo, un terrible «trueno» diferente a todo cuanto se hubiera oído hasta entonces. La bomba de Hiroshima explotó en el aire, a unos setenta metros del suelo. Si lo hubiera hecho en tierra, como es muy probable que ocurriera en el caso de un ataque terrorista, el horror habría sido aún mayor.
Toda la población de una ciudad quedaría inmediatamente reducida a polvo. Parafraseando de nuevo a Schell, «cualquier ser humano que se encontrara en la zona quedaría reducido a humo y cenizas; sencillamente, desaparecería sin remisión. La población incinerada, convertida en polvo radiactivo, se elevaría en el hongo atómico para luego depositarse en la tierra».
Regresemos a Isaías: «Serás abatida, desde la tierra hablarás, por el polvo será ahogada tu palabra, tu voz será como un espectro de la tierra, y desde el polvo tu palabra será como un susurro. Y será como polvareda fina la turba de tus enemigos, y como tamo que pasa la turba de tus despiadados. Y sucederá repentinamente, en un momento.» Esta curiosa descripción de un asedio de la antigúedad resulta, en cambio, una visión perfecta de las consecuencias de un ataque y una respuesta nucleares.
Luego, el singular pasaje críptico sentencia: «Y os será toda visión como palabras de un libro sellado.» De hecho, han permanecido selladas hasta ahora y reveladas por un código que quizá exista para advertirnos, en el momento preciso, de un inminente ataque atómico.
«Arma atómica» se halla codificada en el libro de Isaías. «Atómica» comparte su
«m» con «Jerusalén» (con z final en hebreo). Y allí donde «Jerusalén» atraviesa «arma atómica», lo hace también «rollo». Las palabras «él lo abrió» se superponen a «rollo».
El nombre antiguo de Jerusalén, «Ariel», utilizado en la advertencia apocalíptica de Isaías, aparece codificado junto a «guerra mundial». La profecía bíblica del Armagedón, conocida de antiguo, parece confirmarse en el código. Jerusalén, punto central de las tres principales religiones de Occidente, legendaria ciudad donde reinó David, donde murió Jesús, donde Mahoma ascendió al cielo, podría ser destruida en una última batalla provocada por el odio religioso.
El Armagedón podría ser una guerra nuclear de escala mundial.
Yo no creía en las profecías apocalípticas de la Biblia. Nunca creí que Dios o el diablo pudieran destruir el mundo, o que las fuerzas del bien o del mal fueran a chocar en una última batalla. Pero la declaración del código bíblico de que la última batalla, el Armagedón, podría iniciarse en Oriente Medio con un acto de terrorismo nuclear, de pronto me pareció demasiado real.
La palabra «Armagedón» proviene del último libro del Nuevo Testamento, de un versículo en apariencia fantasioso: «Son espíritus de demonios, que realizan señales y van donde los reyes de todo el mundo para convocarlos a la gran batalla del gran día del Dios Todopoderoso. [...] Y los convocaron en el lugar llamado en hebreo Armagedón.»
Pero Armagedón es un lugar real. Es el nombre griego de una antigua ciudad de Israel, Megiddó. En hebreo, «monte Megiddó» es «Harmegiddo». Armagedón, o Harmaguedón, es sencillamente la transcripción griega de ese nombre.
Fui allí una noche. Volvía a Jerusalén cuando vi en un indicador verde y blanco de la autopista un nombre que sólo había visto antes en la Biblia: «Megiddó». Aunque era después de medianoche, me detuve para ver las ruinas de la ciudad fortificada. Parecía inconcebible que este remoto lugar pudiera haber sido, en otra época, el emplazamiento de una batalla importante.
Cerca de Megiddó, oculta a los ojos de los turistas, se encuentra una de las más importantes bases de la aviación israelí, Ramat David. Está en el norte, con la mira puestaen Siria, el más implacable enemigo de Israel. La base está situada en primerísima línea de cualquier guerra eventual que pudiera estallar en Oriente Medio.
«Armagedón» se halla codificado en la Biblia junto al nombre del líder sirio, Hafiz al-Asad. De hecho, el nombre del actual emplazamiento de la tan profetizada última batalla aparece junto a su nombre en una misma secuencia equidistante: «Armagedón, holocausto Asad.»
«Siria» aparece codificado junto a «guerra mundial». Es el país que destaca, precisamente por inesperado. Junto a «guerra mundial» también aparecen «Rusia», «China» y «Estados Unidos», pero se trata de las tres superpotencias con mayores probabilidades de implicación. «Siria» es la sorpresa.
Si el Armagedón es verdadero, bien podría comenzar de la forma en que aparece profetizado en el texto original de la Biblia. El último libro del Nuevo Testamento predice una guerra final de un furor sin precedentes: «Satanás será soltado de su prisión y saldrá a seducir a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y a Magog, y a reunirlos para el combate.»
Nadie sabe dónde estaba ubicadas la antigua Magog, pero la profecía original de la última batalla, narrada en el libro de Ezequiel, habla de que Israel será invadida desde el norte: «Vendrás de tu lugar, del extremo norte, tú y pueblos numerosos contigo, todos montados a caballo, enorme horda, ejército poderoso.»
El único enemigo actual de Israel situado al norte es Siria. «Siria» se halla codificado en el libro de Ezequiel iniciando el versículo que predice la invasión. Se nombra a los aliados de Siria: «Persia» y «Put»; paises que en la actualidad se llaman Irán y Libia.
El texto directo del libro de Ezequiel predice una temible batalla entre Israel y las naciones árabes circundantes: «un holocausto grande en las montañas de Israel». Éste, según el código de la Biblia, es el modo como se iniciará la tercera guerra mundial: con un ataque atómico a Jerusalén seguido de una invasión de Israel.
En el mismo museo de Jerusalén donde se exhiben los manuscritos del mar Muerto, cuya singular visión original del apocalipsis está dispuesta en un artilugio diseñado para soportar un ataque atómico, hay otra exposición. El manuscrito original de la teoría de la relatividad de Einstein y la ecuación que cambió el mundo e inició la era atómica -E = mc2- se exhiben allí del puño y letra del científico.
No obstante, lo que más llamó mi atención fue algo que había dicho Einstein: «No sé con qué armas se luchará en la tercera guerra mundial, pero en la cuarta se luchará con palos y piedras.»
A fines del siglo XX parece amenazarnos un tipo de caos hasta ahora desconocido para el mundo. Hemos fabricado armas que pueden destruir la civilización humana en un solo día y que hoy podrían estar en manos de cualquiera.
Las predicciones del código bíblico parecen coincidir con la profecía abiertamente expresada en la Biblia, y el horror ha adquirido un rostro, un tiempo y un lugar: el Armagedón, una guerra nuclear a escala mundial, podría estallar en el 2000 o 2006, es decir, en el lapso de una década.
Y no se acaba allí el peligro anunciado.
En línea

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