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Autor Tema: CAPÍTULO SIETE - APOCALIPSIS  (Leído 1613 veces)
Antonio
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Pasatiempos en linea


« : Septiembre 24, 2006, 11:38:47 »





El gran golpe final de todas las visiones apocalípticas es un imponente terremoto.
En el Apocalipsis, el último libro del Antiguo Testamento, el seísmo es la séptima plaga del séptimo ángel. «Un gran temblor de tierra como no hubo desde que existen hombres sobre la Tierra, un terremoto tan violento. [...] Entonces todas las islas huyeron y las montañas desaparecieron.»
De hecho, así predice Ezequiel que concluirá la guerra final contra Gog y Magog: «Si, aquel día habrá un gran terremoto en el suelo de Israel. Temblarán entonces ante mí [...] todos los hombres de sobre la faz de la Tierra. Se desplomarán los montes, caerán las rocas, todas las murallas caerán por tierra.»
La amenaza de la destrucción de este mundo mediante un violento seísmo es una constante del texto original de la Biblia. «Haré temblar los cielos y se removerá la tierra de su sitio -advierte Dios a Isaías-. Los hombres huirán a las cuevas de las rocas y a los agujeros de la tierra por temor a Yahvé cuando Él decida sacudir la Tierra.»
Esta misma advertencia se encuentra oculta en el último versículo de la Biblia primigenia, las palabras que cierran el relato de aquello que Dios dictó a Moisés en el Sinaí: «Aniquilar, destruir por completo, lanzó una fuerza violenta y para todos el gran terror: fuego, terremoto.»
No puede ser casual que el último secreto revelado en el código bíblico se refiera al golpe final profetizado abiertamente en todos los posteriores pasajes apocalípticos de la Biblia.
El código parece advertir que durante los próximos cien años habrá una serie de «grandes terremotos» en todo el mundo. Junto a «el gran terror» aparecen claramente codificados tres años: 2000, 2014 y 2113. De los tres, el más alejado cuenta con las mayores probabilidades.
No está claro si el código fija una serie de desastres o una serie de postergaciones. Con todo, los primeros terremotos tendrán lugar durante la primera década del siglo próximo, quizá incluso a fines de éste.
El tan pronosticado apocalipsis, si existe en verdad, no comenzará en una mítica tierra lejana, sino en ciudades verdaderas, en el mundo real. Estados Unidos, China, Japón e Israel se hallan todos codificados junto a «gran terremoto» y a diversos años del futuro inmediato.
El código de la Biblia parece predecir que el siguiente terremoto de grandes proporciones sacudirá California. También menciona los seísmos más graves que este estado ha sufrido en el pasado. El más grande de ellos sufrido por Estados Unidos -el gran terremoto de San Francisco de 1906- ya había sido codificado hace tres mil años.
Juntos aparecen «S. F. Calif.» y 1906. «Fuego, terremoto» también se lee junto al año, y el texto oculto señala: «ciudad consumida, destruida».
También aparece codificado el mayor terremoto de la historia reciente de Estados Unidos, una vez más en San Francisco. Coinciden en un mismo sitio el año, 1989, las palabras «fuego, terremoto» y «S. F. Calif.».
De entre todas las ciudades del mundo, Los Ángeles posee las mayores probabilidades matemáticas de sufrir un «gran terremoto». «L. A. Calif.» aparece junto a «gran terremoto» con posibilidades muy elevadas. También acompañan al anunciado cataclismo «América» y «EE.UU.».
Los sismólogos coinciden en afirmar que el sur de California es la zona de Estados Unidos con mayores probabilidades de padecer en un futuro próximo un terremoto de grandes proporciones. El U. S. Geological Survey de 1995 anuncia que existe entre un «80 y un 90 % de probabilidades de que antes de 2024 el sur de California registre un seísmo de magnitud 7».
Los expertos que realizaron ese pronóstico no habían previsto el último gran movimiento sísmico que afectó la zona de Los Ángeles en enero de 1994, causando 61 víctimas mortales en Northridge. La falla, desconocida hasta entonces, pasó desapercibida. Pero no para el código de la Biblia. El año «5754», 1994 en el calendario moderno, se halla codificado junto a «gran terremoto» y «L. A. Calif.».
Si se compara con el cataclismo anunciado, aquél no fue más que un temblor. Un año del futuro cercano aparece junto a Los Ángeles exactamente en el mismo lugar en que se había previsto el desastre de 1994. Atravesando «gran terremoto», justo debajo de «L. A. Calif.», aparece el año 2010. Y ese mismo año, «5770» en el calendario hebreo, vuelve a estar codificado junto al nombre de la ciudad, superponiéndose de hecho a «fuego, terremoto».
Desde luego, es sólo una probabilidad. Tanto el código como los sismólogos pueden estar equivocados. No obstante, el código de la Biblia parece predecir que el gran terremoto afectará a Los Ángeles en 2010.
Otras tres regiones del mundo coinciden con «gran terremoto». Todas ellas junto a los mismos años, 2000 y 2006. No hay forma de saber cuál de ellas será en verdad la afectada.
Codificada junto a «gran terremoto» se encuentra «China», que fue el escenario del peor seísmo de la historia, aquel que en 1976 segó las vidas de ochocientos mil chinos. Ese año, «5736», atraviesa «terremoto» justo encima de «China».
Pero China podría verse sacudida de nuevo. Encima de 1976 figura otra fecha, «en 5760», es decir, el año 2000.
«China» aparece tres veces junto a «gran terremoto», acompañando siempre a 2000 y 2006.
Israel, país que en este siglo no ha sufrido seísmos de consideración, es el lugar que se menciona con más énfasis en el texto original de la Biblia. Ezequiel vaticina abiertamente «un gran terremoto en el suelo de Israel».
Si bien «Israel» coincide en cuatro ocasiones con «gran terremoto» en el código, es tal la frecuencia con la que aparece mencionado en la Biblia que no hay manera matemática de calcular su coherencia. No obstante, Israel está situado sobre lo que parece ser la mayor falla mundial. En tiempos prehistóricos, la falla del mar Rojo se abrió con tanta violencia que separó África de Asia.
A pesar de todo, el país que, según el código secreto, mayor peligro corre es Japón.
En mi primer encuentro con mi editor, éste me pidió que predijera un acontecimiento mundial. Yo me negué.
«No sé una palabra sobre el mañana le dije-. Sólo sé lo que está codificado en la Biblia.»
Él insistió, y finalmente le dije que si algo parecía probable era que Japón sufriría varios terremotos importantes. Tres meses más tarde, Japón padeció el peor seísmo de los últimos treinta años. Ocurrió en una zona remota, por lo que hubo pocas víctimas, pero en la escala de Richter fue un movimiento de gran magnitud.
Lo comprobé en el código bíblico. En efecto, aparecía codificado el epicentro exacto, «Okushiri», una isla tan pequeña que incluso muchos japoneses desconocían su existencia hasta el terremoto. En la matriz completa se podía leer: «Okushiri será sacudido julio.» El terremoto tuvo lugar el 12 de julio de 1993.
Lo encontré poco antes de un viaje a Japón. Me sentí obligado a compartir lo que sabía. Si el terremoto de Okushiri aparecía codificado con tanta precisión, entonces los otros cataclismos anunciados también debían de ser reales. Así que conseguí una entrevista con la ministra encargada de la previsión de terremotos, Wakako Hironaka. Su marido es un famoso matemático y ella se mostró tan interesada como perpleja.
«¿Qué he de hacer? -me pregunto-. ¿Evacuar Tokio?» En realidad, «Tokio será evacuado» aparecía codificado en la Biblia, pero no así cuándo ni por qué.
Un año más tarde, la ciudad portuaria de Kobe fue devastada por un terremoto masivo que mató a cinco mil personas. Eso también se encontraba previsto en el Antiguo Testamento. «Kobe, Japón» aparecía codificado junto a las palabras «fuego», «terremoto», «el grande». Y el año en que ocurrió, 1995 («5755»), atravesaba «fuego, terremoto».
Japón es el país que se halla codificado con mayor claridad junto a un futuro «gran terremoto». En el mismo lugar aparecen los años 2000 y 2006.
Como en los demás casos, no hay forma de saber si el peligro anunciado es verdadero. Sin embargo parece existir una urgencia apocalíptica en la advertencia sobre Japón, como asimismo ocurre en el caso de Israel. De hecho, el código bíblico parece establecer una conexión harto misteriosa entre ambos paises.
De ambos se afirma que se encuentran ante un peligro sin precedentes. «Japón» e «Israel» aparecen junto a las dos declaraciones bíblicas del «fin de los días». «Japón» figura codificado junto a «holocausto de Israel». «Israel» y «Japón» vuelven a encontrarse en una misma frase del texto oculto y los nombres de ambos paises atraviesan la única manifestación codificada del «año de la plaga». Además, Japón es el único país aparte de Israel cuya codificación coincide con la de «batalla final».
Un desastre de proporciones bíblicas parece amenazar a ambos paises a lo largo del código. En Israel, el peligro inmediato seria una guerra nuclear. En Japón, la amenaza inminente sería una catástrofe sísmica.
Y si el mundo entero puede peligrar a raíz de la guerra que, según el código secreto, se iniciará en Israel, bien podría el mundo entero acusar la sacudida del terremoto que asolará a Japón.
«Colapso económico» se encuentra codificado en una ocasión en la Biblia. En el mismo sitio figura 1929, el año de la gran depresión. Y «colapso económico» está tam¬bién codificado junto a las palabras «terremoto asoló Japón».
Japón juega actualmente un papel tan decisivo en la economía global que cualquier desastre de importancia que afectase a ese país tendría una importante repercusión mundial. Así pues, la agitación en que se sumiría el planeta podría deberse a un gran «colapso económico» en lugar de un «gran terremoto».
Sin embargo, quizá el peligro ulterior se trate en realidad del mayor desastre natural jamás presenciado.
Hace 65 millones de años, un asteroide de mayor tamaño que el Everest chocó contra la Tierra y, tras explotar con la fuerza de trescientos millones de bombas de hidrógeno, acabó con todos los dinosaurios.
«Asteroide» y «dinosaurio» aparecen codificados juntos en la Biblia. Y otro tanto ocurre con el nombre bíblico de las primeras criaturas que Dios creó sobre la Tierra. «Y Dios creó al gran Tanin» declara el primer capitulo del Génesis. La palabra significa «dragones» o «monstruos». Algún tipo de animal inmenso que ya no existe.
Y, justo encima de «asteroide», la palabra «dragón» atraviesa en el código a «dinosaurio». Junto a ellos se encuentra el nombre de dragón que, según la leyenda, Dios mató antes de la creación. No parece casual que el nombre de este dragón -«Ráhab»-aparezca en el código de la Biblia exactamente donde «asteroide» choca con «dinosaurio».
De hecho, el texto oculto completo señala: «golpeará a Ráhab». Esto sugiere que, en realidad, el exterminio de los dinosaurios y la muerte del dragón, el acontecimiento cósmico rememorado por Isaías, serían la misma cosa: «¿No eres tú el que partió a Ráhab, el que atravesó al dragón?»
En la actualidad, los científicos coinciden en que la humanidad jamás habría evolucionado si los dinosaurios no hubieran sido barridos por el asteroide, pero también se preguntan si la humanidad correrá el mismo peligro, si nosotros seremos también borrados del mapa por una roca venida del espacio exterior.
Brian Marsden, destacado astrónomo estadounidense, director del Smithsonian Observatory de Cambridge, fue el primero en dar la alarma en 1992. Calculó que el recién divisado cometa Swift-Tuttle reaparecería 134 años más tarde, en 2126. Dijo que entonces podría colisionar con la Tierra.
El cometa era al menos tan grande como el asteroide que acabó con los dinosaurios. La nada estridente advertencia de Marsden -«un cambio de + 15 días haría posible que el cometa chocara contra la Tierra en el 2126» -disparó la alarma. Todos los diarios del mundo se hicieron eco de la noticia en primera plana.
«La International Astronomical Union, la autoridad astronómica mundial, ha admitido por primera vez la posibilidad de una colisión potencial entre la Tierra y un objeto lanzado a gran velocidad desde los confines del sistema solar -informó el New York Times-. Los científicos creen que el tamaño del cometa es suficiente como para acabar con la civilización.»
«Llega estrepitosamente del cielo como un Scud infernal, más grande que una montaña y con más energía que todo el arsenal nuclear del mundo», anunciaba con tono sensacionalista el artículo central de Newsweek, pintando una escena aterradora.
Marsden canceló la alerta con posterioridad. Nuevos cálculos demostraban que el cometa pasaría sin peligro a finales de julio del 2126. Pero en el caso de que fuera a pasar dos semanas más tarde, a mediados de agosto, la roca de dieciséis kilómetros de ancho chocaría contra nuestro planeta.
No había astrónomo capaz de predecir con un margen de dos semanas el descubrimiento actual del Swift-Tuttle. La mayoría estaba a años luz de lograrlo. Y, sin embargo, el día exacto de la localización del cometa, el 27 de septiembre de 1992, fue codificado en la Biblia hace tres mil años. Daba la casualidad de que era la víspera del Año Nuevo judío. El código bíblico pronosticó el momento: «víspera de Año Nuevo, Swift».
«5753», el año hebreo correspondiente a 1992, aparecía codificado junto a «cometa» y su nombre completo «Swift-Tuttle». En el código de la Biblia, «Swift» también aparece codificado junto a «5886» o 2126, el año en que el cometa debe volver. El nombre del cometa atraviesa el año. Y justo encima de 2126 se encuentran las palabras «en el séptimo mes, llegó». Lo que sugiere que pasará sin peligro cerca de la Tierra en el mes de julio.
Con todo, existe una terrible advertencia en el código secreto ligada a la palabra «cometa».
Cuando otro cometa chocó contra Júpiter en 1994, nuestro mundo reconoció el verdadero peligro. El impacto creó bolas de fuego del tamaño de la Tierra y dejó a Júpiter sembrado de inmensos cráteres negros. Fue la mayor explosión jamás presenciada por el hombre en nuestro sistema solar, y si eso hubiera ocurrido aquí habría arrasado al género humano.
El código de la Biblia también había previsto el cataclismo de Júpiter; de hecho, lo encontramos meses antes de que ocurriera. El nombre del cometa, «Shoemaker-Levy», aparecía codificado junto al del planeta, «Júpiter», y la fecha exacta del impacto, 16 de julio de 1994. En 1995, el Pentágono y la NASA comenzaron a rastrear los cielos en busca de asteroides y cometas que pudieran impactar en la Tierra.
«No descartábamos un encuentro inesperado», dijo la doctora estadounidense Eleanor Helin, responsable del programa nacional de rastreo de asteroides próximos a la Tierra (Near-Earth Asteroid Tracking).
Calculó que al menos 1700 asteroides con órbitas cercanas a la Tierra cruzarían en un momento u otro la nuestra, algunos de ellos lo bastante grandes como para destruir la vida en este planeta. Las probabilidades de un choque son remotas. Ocurre quizá cada trescientos mil años; pero nadie sabe cuándo fue la última ni, por tanto, cuándo puede ser la siguiente.
«Es sorprendente -manifestó la doctora Helin al inicio del primer intento coordinado de localizar los asteroides "cruzadores"-. Estas cosas nos han estado rondando todo el tiempo y nosotros sin enterarnos.»
El asteroide que mató a los dinosaurios aterrizó en lo que ahora es el golfo de México, provocando en Norteamérica una tormenta de fuego que acabó de inmediato con la vida en este continente, en tanto que la posterior nube de polvo y humo que oscureció el planeta produjo extinciones globales.
Se calcula que dos tercios de todas las especies que caminaron, volaron o nadaron alguna vez en la Tierra se extinguieron a causa de impactos procedentes del espacio exterior. Somos la primera especie capaz de evitarlo.
Cuando el Swift-Tuttle originó la primera alarma y el bombardeo de Júpiter demostró bien a las claras el peligro al que podíamos enfrentarnos, los científicos comenzaron a proyectar la defensa de la Tierra. El inventor de la bomba de hidrógeno, Edward Teller, planteó que podía desviarse un asteroide con un proyectil de cabezas nucleares múltiples. Otros científicos sugirieron que la simple explosión de un artefacto nuclear en las cercanías de un cometa fundiría el gas congelado, creando chorros como los propulsores de un cohete y desviando así el curso de impacto del cometa.
Incluso existió un plan para enviar una nave espacial a cualquier gran roca que se dirigiera a la Tierra, fijar poderosos propulsores en su superficie y alejar al cometa o asteroide de este planeta.
Pero todos ellos fueron proyectos teóricos, borradores de diagramas y algunas ecuaciones en el mejor de los casos, y nadie sabe cuánto tiempo ni cuántos indicios certeros tendríamos.
«Puede que fueran sólo días o semanas -dice Gareth Williams, colega de Marsden en el observatorio Smithsonian-. Un cometa con una órbita muy larga puede pillarnos por sorpresa, porque quizá no sepamos que existe.»
Nadie se molestó en rastrear las rocas del espacio exterior hasta que el Shoemaker-Levy hizo impacto en Júpiter. Y, por ahora, no existen planes concretos para protegernos de cualquiera que se nos venga encima.
El código de la Biblia advierte del peligro real de una colisión de este tipo.
Hay una serie de aproximaciones orbitales indicadas, justo hasta que el Swift regrese en 2126. Pero el primer año claramente codificado junto a «cometa» está a sólo diez de distancia: es «5766», 2006 en el calendario moderno.
Atraviesa 2006 una sentencia escalofriante: «Su senda golpeó sus moradas.» La advertencia que se solapa con el año finaliza con las palabras «objeto similar a estrella». Justo encima de 2006 se lee una aparente confirmación cronológica: «año vaticinado para el múndo».
El código señala otras posibilidades. «5770» y «5772» -los años 2010 y 2012- aparecen también junto a «cometa». Las palabras «días de horror» atraviesan 2010. Justo debajo, «oscuridad» y «tinieblas» atraviesan «cometa». El texto oculto en las líneas superiores indica «Tierra aniquilada».
Pero allí donde aparece codificado el 2012 se afirma también que el desastre podrá evitarse, que el corneta será bloqueado: «Se deshará, arrojado lejos, se romperá en pedazos, 5772.»
Lo cual se asemeja bastante a la colisión en Júpiter. Antes de caer, el cometa se deshizo en veinte pedazos distintos; luego, cada uno de ellos bombardeó Júpiter a lo largo de una semana.
Hay un relato antiguo, narrado en el Talmud, sobre un rey que se enfadó con su hijo y juró que le arrojaría una inmensa roca. Más tarde lo lamentó, pero no pudo abjurar de ello. Así pues, ordenó romper la piedra en pequeños guijarros y arrojarlos de uno en uno a su hijo.
La parábola, representada a escala cósmica en Júpiter, podría vaticinar el destino del hombre sobre la Tierra.
Existe la teoría de que el choque de un cometa en tiempos prehistóricos pudo inspirar las posteriores narraciones apocalípticas de la Biblia.
«Estudios en curso indican que en los últimos setenta mil años debió de ocurrir al menos un impacto de diez gigatones. Una explosión terrorífica, que quizá oscureció el Sol, inundó gran parte del planeta, arrasó la Tierra con fuego y la cubrió de gases de azufre, con todas las características de un auténtico apocalipsis bíblico», escribió Ti¬mothy Ferris en el New Yorker.
Con todo, pueden pasar cientos de millones de años entre impactos lo suficientemente fuertes como para originar una extinción global, un millón de años entre explosiones que podrían destruir un país y miles de años entre cometas capaces de arrasar una ciudad.
Cuando descubrí que ese peligro cósmico aparecía codificado en la Biblia, el pronosticado «holocausto atómico», el «holocausto de Israel» que podía desencadenar una guerra mundial estaba a sólo unas semanas.
La cuenta atrás del verdadero Armagedón estaba llegando a su fin.
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