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Autor Tema: CAPÍTULO OCHO - LOS DÍAS FINALES  (Leído 477 veces)
Antonio
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Pasatiempos en linea


« : Septiembre 24, 2006, 11:37:52 »





Cuando a fines de julio de 1996 volví a Israel, faltaban sólo seis semanas para el anunciado «holocausto atómico».
En el avión leí un articulo del Jerusalem Post que informaba que el primer ministro Netanyahu estaba a punto de dirigirse a Amman, Jordania, para celebrar un encuentro con el rey Hussein. Esto también lo había vaticinado el código de la Biblia. Lo encontré una semana antes de que Netanyahu ganara las elecciones, en el mismo sitio donde se predecía su victoria, más de dos meses antes de que se anunciara el viaje.
«Julio a Amman», rezaba casi abiertamente el código, casi al lado de «primer ministro Netanyahu». El artículo periodístico confirmaba ahora ese viaje a Jordania. Estaba programado para el 25 de julio de 1996.
«Oh, Dios mio-me dije-. Es cierto.»
Una vez más, el código bíblico había demostrado estar en lo cierto. Tres mil años antes había previsto que en julio de 1996 Netanyahu iría a Amman. Si el código acertaba con ello, si se mostraba preciso hasta en los más mínimos detalles, entonces era más que probable que también acertara respecto al vaticinado «holocausto atómico», el «holocausto de Israel» y la «guerra mundial». El peligro se perfilaba cada vez más.
Entonces, en el último momento, el viaje de Netanyahu sufrió un aplazamiento inesperado. La noche antes de que el mandatario israelí saliera para Amman, el rey Hussein había enfermado. El primer ministro no fue a Jordania hasta el 5 de agosto.
¿Se había equivocado el código de la Biblia? El «primer ministro Netanyahu» fue «a Amman», tal como estaba anunciado desde hacia tres mil años, pero no en «julio» como aseguraba el código.
Fui a ver a Eli Rips. Le pregunté si el código podía actuar como la fisica cuántica. Si era así, no lograría precisar a la vez el qué y el cuándo. El principio de incertidumbre lo formula claramente: cuanto más precisamente se mide el qué, con menor precisión podrá medirse el cuándo. Ésa es la razón por la cual la mecánica cuántica no predice uno sino muchos futuros posibles.
Rips no invocó el principio de incertidumbre. En cambio, señaló la palabra que aparecía en el código de la Biblia justo encima de «julio a Amman». La palabra era «postergado».
¿Podía la Biblia acertar respecto de un acontecimiento pero errar la fecha? En las últimas semanas de la cuenta atrás de un posible Armagedón, la pregunta adquiría un dramatismo particular.
Hasta el 13 de septiembre de 1996, último día del año hebreo de 5756, señalado como el del «holocausto atómico», me mantuve en estrecho contacto con los líderes israelíes.
Tres días antes de la fecha del supuesto «holocausto de Israel» mantuve una entrevista en Nueva York con Dore Gold, el asesor de seguridad nacional del primer ministro. Al día siguiente envié un último mensaje al jefe del Mossad, general Danny Yatom; me respondió con la noticia de que la inteligencia israelí estaba en situación de alerta.
El 13 de septiembre de 1996 no ocurrió nada. No hubo ataque atómico. El año hebreo de 5756 transcurrió en paz, en Israel y en el mundo entero.
Me sentía aliviado pero perplejo. ¿Estaría el código de la Biblia sencillamente equivocado? ¿O el peligro era real y sólo se trataba de una postergación? Pasé todo el fin de semana reflexionando sobre estas preguntas y el lunes le mandé un fax a Yatom:
«Un último comentario y me retiro del oficio de adivinador.
»Aunque el ataque atómico anunciado para los últimos dias de 5756 era evidentemente una probabilidad que no se ha cumplido, por mi parte opino que el peligro no ha pasado.
»En varias ocasiones hemos visto cómo ocurrían cosas de la forma prevista pero no en la fecha anunciada. Ruego permanezca alerta ante lo que, con casi absoluta certeza, es un peligro real.»
No tenía pruebas fehacientes de que el peligro fuera real, pero sí de que el futuró no estaba tallado en piedra. Al fin había una respuesta a la pregunta planteada por el asesinato de Rabin, debatida por Einstein y Hawking y formulada por Peres cuando le advertí de la amenaza de un ataque atómico:
«Si está pronosticado, ¿qué podemos hacer?»
El futuro aparecía, en efecto, codificado en la Biblia. El asesinato de Rabin y la guerra del Golfo lo demostraban; sin embargo no estaba predeterminado. Se componía de una serie de probabilidades, y era, además, susceptible de cambio. La pregunta planteada por las mismas letras que formaban el año 5756 -«¿Lo cambiaréis?»- tenía por fin una respuesta.
¿Habían evitado los israelíes, por el solo hecho de permanecer alerta en el momento indicado, el ataque atómico vaticinado? ¿Había conseguido el primer ministro Peres detener el ataque terrorista planeado mediante la simple declaración pública, tres días después de nuestra entrevista, del peligro agazapado? ¿O había cambiado todo por casualidad, al postergar Netanyahu en el último momento su visita diplomática a Jordania?
En cualquier caso, lo que había conseguido el primer ministro al demorar su viaje era salvar su vida. «Muerte, julio a Amman», afirmaba el texto oculto completo que atravesaba su nombre codificado. La palabra «postergado» aparecía justo encima. «Postergado» se encontraba otras dos veces junto a «primer ministro Netanyahu» y atravesaba las palabras «le será arrebatada el alma» y «asesinado».
Al salvar su vida, es posible que Netanyahu hubiera evitado o aplazado una guerra.
«La próxima guerra» se hallaba en el código junto a una predicción: «será tras la muerte del primer ministro (otro morirá)». De hecho, el texto oculto completo rezaba «otro morirá, Av». Av es el mes hebreo que corresponde a julio.
Y al impedir una guerra en Oriente Medio, la postergación del viaje quizá haya evitado un conflicto a nivel mundial.
Tanto el texto original de la Biblia como el código profetizan el estallido en Israel de una «batalla final», una «guerra mundial». Así pues, el mundo entero pudo librarse de ella, al menos por esta vez, gracias a la repentina cancelación de un viaje.
¿Era entonces posible que un pequeño cambio, la postergación de un viaje que tuvo lugar apenas diez días después, supusiera una diferencia tan enorme? Sí, si había evitado un asesinato.
La primera guerra mundial, por ejemplo, se originó en un asesinato. El archiduque Francisco Fernando, heredero del trono de Austria, murió en junio de 1914 en un aten¬tado cuyas consecuencias se habían extendido, al cabo de unas semanas, a toda Europa, a Rusia y, por último, a Estados Unidos.
«Un giro equivocado del conductor del archiduque dejó de pronto al heredero del trono de Austria a merced de [su asesino] Gavrílo Princip», señalaba un documental de la PBS, reconociendo este hecho como la causa inmediata del estallido del conflicto. «En un abrir y cerrar de ojos, todo el continente iba a estar en pie de guerra.»
No resulta dificil imaginar que en la atmósfera ya crispada de Oriente Medio el asesinato de un segundo primer ministro israelí en menos de un año, en una capital árabe, podría haber desencadenado una guerra. Y una guerra abierta en Oriente Medio pronto se habría convertido en un conflicto global.
Los fisicos lo denominan efecto mariposa, piedra fundamental en la teoría del caos. James Gleick, en su libro Chaos, explica el efecto mariposa: «Es la noción de que una mariposa que agita el aire hoy en Pekín puede modificar los sistemas tormentosos de Nueva York del próximo mes.»
¿Detuvo entonces Netanyahu, por el simple hecho de ir a Jordania diez días más tarde, la cuenta atrás del Armagedón?
En el código de la Biblia aparece, justo encima de «guerra mundial», una fecha: «9 de Av es el día de la tercera.»
Ésa era la fecha exacta prevista para el viaje de Netanyahu a Jordania. 25 de julio de 1996, lo que equivalía al 9 de Av de 5756 del antiguo calendario hebreo.
Es ésta, sin duda, una fecha maldita en la historia judía. Es el día de 586 a. J.C. en que Jerusalén fue destruida por los babilonios, así como el de 70 d. J.C. en que los romanos arrasaron Jerusalén. A lo largo de toda la historia han acaecido ese día una serie de desastres para el pueblo judío; tan temido es que los religiosos ayunan el 9 de Av e imploran piedad.
Y ahora el código de la Biblia declaraba que el «9 de Av» se desencadenaría la tercera guerra mundial, a la vez que un ataque nuclear destruiría por tercera vez la Ciudad Santa mediante un ataque nuclear.
El antiguo nombre de Jerusalén, «Ariel», utilizado en la primera premonición apocalíptica, aparecía efectivamente codificado entre «guerra mundial» y «9 de Av es el día del tercero».
Pero Netanyahu no fue a Amman, tal como estaba programado, el 9 de Av. Y de nuevo se leía «postergado» tanto junto a la fecha como al nombre del primer ministro. En realidad, tanto «Bibi» como «postergado» aparecen codificados junto a «9 de Av, 5756». En el mismo versículo, entrelazadas en el texto oculto, se forman las palabras «cinco futuros, cinco caminos».
«Postergación» aparece escrito junto a «guerra mundial». Allí donde se encuentran codificados los años 2000 y 2006, el texto oculto dice: «postergaré la guerra». Incluso está escrito junto a «fin de los días».
Cada vez que aparece «fin de los días» en el texto original, el texto oculto forma la palabra «postergado».
En el Génesis 49, 1-2, donde Jacob cuenta a sus hijos lo que les acontecerá en el «fin de los días», la «postergación» está implícita en el nombre mismo del patriarca. En hebreo, el nombre «Jacob» significa también «él evitará», «él postergará».
¿Se habrá «evitado» el fin, o sólo «postergado»?
Cuando Moisés cuenta a los antiguos israelitas lo que ocurrirá al «final de los días», el texto oculto parece decir: «postergado».
En Deuteronomio 31, 29, la advertencia de Moisés de que «la desgracia (el mal) vendrá sobre vosotros en el fin de los días» está precedida por un texto oculto que señala: «sabíais que será postergado».
Y en Números 24, 14, allí donde el adivino Balaam vaticina el «fin de los días» ¬palabras codificadas junto a «holocausto atómico» y «guerra mundial»-, el texto oculto declara: «amigo postergó».
«Amigo postergó» se superpone a «fuego sacudió la nación». Y el texto oculto declara, también en el mismo versículo, «os aconsejaré qué» y «os aconsejaré cuándo». Si bien no se ha identificado al «amigo», sin duda ha de ser quienquiera que haya codificado la Biblia.
No se sabe todavía con certeza si llegará el fin ni cuándo habrá acabado la moratoria, pero una cosa está clara: la palabra «postergación» se forma en todas las profecías originales del «fin de los días».
Según el código, el Armagedón no se ha evitado; sólo se ha aplazado.
Hay numerosas indicaciones en el código de que la «postergación» puede ser muy corta. «Primer ministro Netanyahu» aparece codificado junto al año «5757». Y el año judío que comenzó en septiembre de 1996 y acaba en octubre de 1997 es también el año que aparece más claramente codificado junto a su adversario, el líder palestino Arafat.
Dos semanas después de que comenzara este nuevo año, la tensión volvió a adueñarse de Israel. El miércoles 25 de septiembre de 1996 se registraron enfrentamientos abiertos. Durante tres días, la policía palestina combatió a los soldados israelíes, que respondieron con helicópteros y enviaron tanques a la margen occidental por primera vez desde la guerra de los Seis Días, en 1967.
Hubo 73 muertos y centenares de heridos. Lo más sorprendente fue la rapidez con la que se inició la batalla, la facilidad con que la aparente paz de Israel se convirtió en una guerra desgarradora.
Llamé a Eli Rips, que estaba en Jerusalén.
«Mi opinión personal es que la perspectiva de guerra es ahora mucho mayor -me dije-. Esta vez no hablo como matemático, ni en base al código de la Biblia, sino como un simple israelí que observa el repentino estallido de un conflicto armado.»
La causa inmediata de la violencia era la construcción de un túnel bajo el monte del Templo en Jerusalén, emplazamiento del monumento más sagrado para los judíos, el Muro de las Lamentaciones, de los restos del antiguo Templo y del tercer monumento más sagrado del islam: la Cúpula de la Roca.
Descubrí, para mi sorpresa, que en el código aparecía «túnel» junto a «holocausto de Israel».
Cuando verifiqué las secuencias de «holocausto atómico» quedé conmocionado al ver que atravesaba «atómico» el nombre de la ciudad de la margen occidental donde habían empezado los disturbios: «Ramallah.» El texto oculto completo expresaba: «Ramallah cumplió una profecía.»
Una vez más, el código de la Biblia parecía actualizarse, casi como si el codificador siguiera de cerca los cambiantes acontecimientos de Oriente Medio. Había un sitio codificado sobre otro, una crisis sobre otra, un año sobre otro, de forma que finalmente no había manera de saber si el peligro real llegaría en 1996, 1997, en el 2000 o más allá.
No obstante, en términos más amplios, resultaba notable la claridad con que el peligro quedaba de manifiesto, así como su relación con el momento actual. No había duda de que el código describía a las personas, los lugares y los acontecimientos del actual conflicto árabe-israelí.
Regresé a «holocausto de Israel». La palabra «anexionados» aparecía, con probabilidades muy elevadas, dos veces en ese mismo lugar. Era la misma palabra que habían utilizado los israelíes para describir los dos territorios capturados a los árabes en la guerra de 1967: los Altos del Golán, en las montañas que miran a Siria, y Jerusalén este.
Eran éstos los dos puntos álgidos en el Oriente Medio actual. También aparecía en el texto oculto «Arafat», en el mismo sitio donde aparecían las dos expresiones bíblicas del «fin de los días». No podía ser casual: se trataba de la advertencia más directa de que el conflicto desatado en Oriente Medio podía desembocar en un temido Armagedón.
«Es lo que afirma la Midras -dijo Rips, refiriéndose al antiguo comentario de la Biblia-. Quizá se trate del "exilio bajo Ismael" inmediatamente anterior al "fin de los días". Parte de la Midras indica que en cierto momento de dominación árabe, el ochenta por ciento de la población israelí morirá.»
Por un instante permanecimos en silencio.
«Tal vez sea eso lo que encuentras en el código», dijo Rips.
Yo ignoraba la antigua profecía. Ismael fue el primogénito del patriarca Abraham, el hijo excluido. Es, según la Biblia, el antepasado de todos los árabes. El segundo hijo de Abraham, Isaac, fue el heredero escogido. Es el antepasado de todos los judíos. Esta enemistad familiar ha persistido a lo largo de cuatro mil años y está vaticinado que desembocará en un terrible final.
En enero de 1997, Netanyahu y Arafat acordaron el control compartido de Hebrón, la ciudad donde estaría enterrado Abraham, y establecieron un calendario de acuerdos más amplios; pero continuaba sin resolverse el tema más dificil, el estatus definitivo de Jerusalén, que tanto israelíes como palestinos reclaman como su capital. No había manera de saber si el rígido apretón de manos de las 3 de la madrugada del 15 de enero conduciría a una paz verdadera o a un nuevo brote de violencia.
En marzo de 1997, la paz comenzó a resquebrajarse. Arafat rechazó el primer paso del plan de retirada israelí de los territorios ocupados. Netanyahu anunció la construcción de un barrio judío en el corazón de Jerusalén este, considerada por los palestinos como la capital de su futura patria.
«Lo más triste de cuanto he ido columbrando -escribió el rey Hussein de Jordania a Netanyahu cuando las tensiones comenzaron a cobrar forma- es no encontrarle a mi lado en la tarea de cumplir con la voluntad divina de reconciliación final de todos los descendientes de los hijos de Abraham.»
Y el 21 de marzo la violencia estalló en Tel-Aviv, Jerusalén y Hebrón. La bomba de un palestino suicida mató a tres personas e hirió a otras cuarenta en un café de Tel-Aviv; era el primer ataque terrorista desde la elección de Netanyahu. El mismo día comenzaron los disturbios en Hebrón y en la zona árabe de Jerusalén este, en Har Homa, el sitio previsto para el asentamiento judío.
«Har Homa» figura codificado en el texto más sagrado de la Biblia. Aparece sin saltos de letras en la Mezuzah, esos quince versículos preservados en un rollo aparte que se fijan en la jamba derecha de las puertas de los hogares israelíes. Y codificadas junto a «Har Homa» se encuentran las ominosas palabras «todo su pueblo en guerra».
«Todo su pueblo en guerra», las palabras que habíamos hallado junto a la predicción del asesinato de Rabin y que volvimos a descubrir emparejadas con la oleada de atentados en Jerusalén y Tel-Aviv que acabaron con la paz pactada por Rabin y Arafat, nuevamente se hacían realidad en septiembre de 1996 y marzo de 1997. Esas mismas palabras aparecían junto al peligro final: «holocausto atómico».
Aunque toda chispa capaz de encender la mecha del holocausto estaba vaticinada, hasta que cada una de las crisis llegara a su fin no había cómo saber si aquélla no era más que otra escaramuza de una enemistad heredada hace ya cuatro mil años o el inicio definitivo del Armagedón.
Quizá sea imposible saber qué y cuándo a la misma vez. «La física ha renunciado a ello -dijo Richard P. Feynman, el premio Nobel considerado por muchos como el científico más importante después de Einstein-. Ignoramos cómo predecir lo que ocurrirá en una circunstancia dada. Lo único que puede predecirse es la probabilidad de los diferentes acontecimientos. Sólo podemos predecir las probabilidades.»
Y eso que la fisica cuántica es una rama altamente exitosa de la ciencia. Tal vez porque reconoce que la incertidumbre forma parte de la realidad.
«Nuestro mundo está claramente reflejado en ella -afirmaba Rips-. Es como si miráramos en un espejo. Nuestros esfuerzos por ver el futuro y hacer algo al respecto juegan, probablemente, cierto papel. Creo que es un acontecimiento interactivo muy complejo.»
Rips me confió que mientras trabajaba con su ordenador en el código, en busca de información, llegó a sentir en ciertas ocasiones que estaba en contacto con otra forma de inteligencia.
«El código de la Biblia no está respondiendo ahora -explicó-, sino que ya lo había pronosticado todo de golpe, por adelantado.»
Según Rips, la totalidad del código de la Biblia tuvo que ser escrito de golpe, en un solo instante.
«Lo percibimos como se percibe un holograma, que parece cambiar según lo miremos desde distintos ángulos a pesar de que la imagen, por supuesto, está pregrabada.»
Es la historia del género humano grabada hace más de tres mil años. No cuenta los hechos de forma secuencial, sino de golpe. Los acontecimientos modernos se superponen a los antiguos, el futuro está codificado en versículos que se refieren a un pasado bíblico. Un versículo puede contener tanto narraciones de aquella época como actuales y de hechos futuros con siglos de distancia entre si.
«El problema es cómo lo desciframos -continuó Rips-. Resulta más que evidente que no es fortuito ni casual, pero es como si tuviéramos un informe de inteligencia en el que sólo podemos leer una de cada veinte palabras.»
Rips, como siempre, se mostró cauteloso.
«Es el producto de una inteligencia superior. Puede que desee que comprendamos, puede también que no lo desee. El código no nos revelará el futuro si no lo merecemos.»
Yo no estaba de acuerdo. Si el mundo corría verdadero peligro, poco importaba si lo merecíamos o no. El codificador, si era bueno, seguramente nos advertiría. Pero existía una brecha infranqueable. Rips era religioso. Yo no. Para mí siempre existirían las mismas preguntas: ¿Quién codificó la Biblia? ¿Con qué objeto? ¿Dónde estaba ahora?
Para Rips siempre había una respuesta: Dios.
Al final de mis cinco años de investigación encontré la prueba definitiva de que el código bíblico era completamente real. Y la prueba escalofriante de que el mundo pudo estar más cerca del desastre en 1996 de lo que jamás podremos imaginar.
Nuestra agónica espantada de 1996 aparecía claramente señalada en el texto original de Isaías, el primero de los Apocalipsis bíblicos, el único libro de la Biblia hallado intacto entre los rollos del mar Muerto, el único que parecía predecir un ataque atómico en Jerusalén.
No estaba oculto en un código. Aparecía abiertamente expresado en las palabras de un rollo de 2500 años de antigúedad. El año figuraba en un solo versículo; el que con¬taba el futuro al revés.
Un destacado traductor de textos hebreos antiguos, el rabino Adin Steinsaltz, calificado por la revista Time como «ese erudito que se da una vez en un milenio», me señaló el versículo. Había ido a ver a Steinsaltz cuando tuve noticias del código de la Biblia. El rabino también es un científico, así que yo quería saber qué pensaba de un código bíblico que predecía el futuro, vaticinaba acontecimientos que ocurrirían miles de años después de escrito el Libro e informaba en detalle de un futuro que aún no existía.
-En la Biblia el tiempo está invertido -dijo Steinsaltz, señalando un extraño acertijo del texto hebreo original del Antiguo Testamento-. El futuro se escribe siempre en pasado y el pasado en tiempo futuro.
-¿Por qué? -pregunté.
-Nadie lo sabe -respondió él-. Quizá nos movamos en dirección opuesta al curso del tiempo -dijo, manifestando que las leyes de la física son temporalmente simétricas y fluyen tan bien hacia adelante como hacia atrás. Abrió su Biblia en busca de un pasaje del primero de los profetas: Isaías.
-Isaías señala que necesitas mirar atrás para ver el futuro -Donde Isaías dice «indica las señales de lo que ha de ser», podría leerse igualmente «indicaron el futuro hacia atrás».
»En realidad, estas mismas palabras pueden traducirse como «cuenta las letras al revés». Es como la escritura especular.
Miré las letras al revés, pero no encontré ninguna revelación sorprendente. Sólo años más tarde, tras descubrir que Isaías parecía vaticinar un ataque atómico, volví a reparar en el mismo versículo.
Isaías 41, 23 señala: «Indica las señales de lo que ha de ser [...] para que tengamos que contar y juntamente nos maravillemos.»
Y ahora, al mirar las letras al revés, el futuro contado hacia atrás, vi que la escritura especular formaba un año:
«5756.»
No estaba en ningún código. Estaba allí, al alcance de cualquiera.
En el versículo de 2500 años que «indicaba el futuro al revés», aparecía claramente expresado 1996, el año del vaticinado «holocausto atómico».
Y también la postergación. Superponiéndose a «5756», el texto invertido afirmaba abiertamente: «cambiaron el tiempo».
El interrogante planteado por las mismas letras hebreas que formaban el año 5756 -«¿Lo cambiaréis?»-tenía su respuesta decisiva en la más antigua de las visiones apocalípticas. Esta respuesta se encontraba abiertamente expresada en el versículo que nos pide que leamos al revés: «Lo cambiaréis.»
Hace más de dos mil años, el primer profeta, Isaías, anunció en el primer apocalipsis el año del verdadero Armagedón, 1996, y también su postergación.
Lo cual dejaba una pregunta sin respuesta: ¿hasta cuándo quedaba postergado?
Vi a Eli Rips una última vez la víspera del Año Nuevo de 1996. Juntos repasamos las estadísticas de los dos años más fuertemente ligados a todos los acontecimientos apocalípticos.
Los años 2000 y 2006 (5760 y 5766 en el calendario antiguo) eran los únicos de los cien próximos años que aparecían tanto junto a «holocausto atómico» como a «guerra mundial». Todos los peligros consignados en el código -«fin de los días», «holocausto de Israel», e incluso «gran terremoto»- también coincidían con «en 5766». Rips calculó las probabilidades. Eran al menos de una entre mil.
-Es algo excepcional, verdaderamente notable -dijo Rips-. Alguien puso deliberadamente esta información en la Torá.
Hasta ahí, de acuerdo; pero ninguno de los dos sabía si el peligro era real. Le dije a Rips que para mí seguía siendo tan inverosímil como las profecías bíblicas no codificadas o la existencia real del fin de los días.
-Si aceptas la declaración oculta de la Torá diijo Rips-, deberías aceptar también lo que la Biblia dice abiertamente.
Su razonamiento tenía lógica. Desde luego, el código informatizado parecía sustentar la milenaria profecía de la Biblia, y aun así para mi había una diferencia. Había visto cómo una se hacía realidad, pero no la otra.
-Acepté la realidad del código de la Biblia el día en que murió Rabin -expliqué, recordando el momento-. Estaba en una estación de tren, apoyado en una pared, ha¬blando por un teléfono público con un amigo. De repente, mi amigo me interrumpió y dijo: «Espera un momento, están diciendo algo sobre Rabin.» Yo llevaba todo el día fuera, no había oído nada, pero al instante supe que la predicción se había cumplido y que Rabin estaba muerto. Resbalé pared abajo hasta quedar en el suelo. Y me dije en voz alta: «Oh Dios mio, es todo cierto.»
Rips lo comprendía.
-Fue exactamente lo mismo que sentí yo -me dijo-cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel el segundo día de la guerra del Golfo, tal como tres semanas antes ha¬bíamos descubierto que anunciaba el código.
»Me encontraba en una habitación estanca con toda mi familia. Mi esposa, mis cinco hijos y yo llevábamos máscaras de gas. Fuera se oía ulular las sirenas antiaéreas. Eran las dos de la mañana del 3 de Shevat o, lo que es lo mismo, el 18 de enero de 1991. El día señalado por el código.
»Sabía que los misiles volaban hacia nosotros. Nos enteramos de que ya habían impactado en Tel-Aviv y lo único que se me ocurrió decir fue: «¡Funciona! ¡El código funciona!»
Al estallar la guerra del Golfo, exactamente como y cuando estaba vaticinada, Rips llevaba seis años investigando el código bíblico. Sin embargo, tuvieron que llover misiles Scud sobre Israel para que sus dudas al respecto se disiparan del todo. De la misma manera, yo no creí plenamente en el código hasta que Rabin fue asesinado como y cuando estaba vaticinado.
-Como matemático estaba convencido mucho antes -prosiguió Rips-, pero otra cosa muy distinta era el terreno de lo real. Fue aquél un extraño momento de júbilo, agazapado en una habitación estanca, esperando que cayera el misil.
En cierta ocasión, otro científico me confesó haber experimentado sentimientos contradictorios parecidos al descubrir que toda vida sobre la Tierra podía estar condenada. Escribí la primera nota de portada sobre esa advertencia apocalíptica al descubrimiento de Sherry Rowland de que la industria química del hombre estaba destruyendo la capa de ozono en un momento en que todos lo tomaban por un chiflado al que apodaban «gallinita». Recordé lo que Rowland había comentado cuando se demostró que estaba en lo cierto y le concedieron el Premio Nobel.
«En ningún momento me puse a gritar ¡eureka! -recordaba Rowland-. Pero una noche llegué a casa y le dije a mi mujer: "El trabajo va muy bien: parece que efectivamente se acaba el mundo."»
Ahora, la víspera del Año Nuevo en Jerusalén, la ciudad que el código de la Biblia señalaba como blanco de un ataque atómico que podría desencadenar el verdadero Armagedón, le conté aquella anécdota a Eli Rips y ambos nos reímos. Pero no pude olvidar que, según el código, en un lapso máximo de diez años un «holocausto atómico» en Israel desencadenaña la tercera «guerra mundial» y que, tal vez, el «fin de los días» ya había empezado.
Resulta imposible ignorar la evidencia de que un código informatizado en la Biblia, confirmado por algunos de los más famosos matemáticos del mundo -un código que pronosticó con toda precisión la guerra del Golfo, la colisión de un cometa con Júpiter y el asesinato de Rabin-, también parece anunciar que el apocalipsis es un hecho inminente y que en una década a lo sumo nos enfrentaremos al verdadero Armagedón, una guerra nuclear de dimensión planetaria.
No obstante, el código de la Biblia es más que una advertencia. Quizá sea la información que necesitamos para evitar el desastre anunciado. «Código salvará» aparece justo encima de «holocausto atómico» y debajo de «fin de los días».
No es una promesa de salvación divina. No es una amenaza de condena inevitable. Es sólo información. El mensaje del código de la Biblia es que de nosotros depende que podamos salvarnos.
A la postre, nuestros actos determinan el resultado. Volvemos a estar, pues, donde siempre hemos estado, pero con una gran diferencia: ahora sabemos que no estamos solos.
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