Antonio
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Pasatiempos en linea
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« : Septiembre 24, 2006, 11:36:58 » |
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El periodista suele ocuparse de lo que sucedió, no de 10 que va a suceder. «Por lo general, la gente espera a que ocurran las cosas antes de ponerse a describirías ¬escribió Jonathan Schell en su obra definitiva sobre la amenaza nuclear; The Fate of Earth-. Pero dado que no podemos permitirnos en modo alguno que ocurra un holocausto, por fuerza hemos de convertirnos en este caso en historiadores del futuro.» A esa misma conclusión llegué yo a regañadientes durante los días posteriores al asesinato de Itzhak Rabin.
-Sé muy bien por qué se ha metido usted en esto -le dije a Rips una noche, ya tarde, pocos días después de la muerte de Rabin y cuando nuestras dudas acerca de la veracidad del código se habían disipado. Es usted matemático, es creyente y lee la Biblia cada día. Pero se me escapan mis motivos. No soy devoto. Ni siquiera creo en Dios. Soy totalmente escéptico. Si hay alguien dificil de convencer de que todo esto es cierto, ése soy yo.
-He ahí el motivo -dijo Rips-. Usted puede dar a conocer el código al mundo moderno.
-Sólo soy el periodista que tropezó con ello -repuse. Pero en el preciso momento en que el código se convirtió en una realidad de vida o muerte, en que descubrimos que también vaticinaba un «holocausto atómico» en Israel, un ataque que podía provocar el estallido de la primera «guerra mundial» nuclear, me vi obligado a prevenir tanto a Peres como a Netanyahu de que el código parecía predecir un ataque atómico, del mismo modo que había advertido a Rabin de la predicción de su asesinato.
Jamás imaginé que acabaría buscando detalles del verdadero apocalipsis. Ni que el código de la Biblia anunciaría el «fin de los días» para el año en curso. Ni que las legendarias profecías bíblicas del Armagedón pudieran tener visos de realidad. En mi vida no había hecho otra cosa que Periodismo. Empecé en la sección nocturna de sucesos policiales. Siempre tuve una visión muy pragmática y nada fantasiosa de la realidad. Me propuse, por tanto, aplicar a esta historia el mismo rigor que a cualquier otra. Pero había dos problemas. Por un lado no podía concertar una entrevista personal con el codificador. Por el otro no podía contrastar los hechos futuros.
¿Añade el código secreto sólo un poco de lustre científico a la fiebre milenarista o nos está advirtiendo, quizá con suma inminencia, de un peligro real? No hay modo de saberlo.
Quizá el código no sea «verdadero» ni «falso». Quizá nos anuncia lo que podría ocurrir, no lo que ocurrirá sin remedio. Pero dado que no nos podemos permitir el lujo de asistir a la destrucción del mundo, en lugar de esperar a ver qué ocurre más vale que empecemos a tomar en serio el código secreto de la Biblia.
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