En todo el Antiguo Testamento se repite el vaticinio de que una guerra terrible devastará Israel, y es precisamente esta profecía la que generará la más abarcadora visión difundida por el libro de la Revelación o Apocalipsis del Nuevo Testamento. La palabra «apocalipsis» viene del griego y significa «descubrir, revelar». Sin embargo, en la actualidad se la usa como sinónimo de la destrucción final revelada en la Biblia.
En el Antiguo Testamento, la destrucción final se refiere únicamente a Israel. Su más célebre expresión aparece en Daniel 12, 1: «Será aquél un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones.» No obstante, la primera mención apocalíptica se encuentra en Isaías 9, 13 y dice así: «Por eso cercena Yahvé a Israel cabeza y cola, palmera y junco, en un mismo día.» En Isaías 29, 1 la amenaza se cierne específicamente sobre Jerusalén, al igual que en Daniel 9, 12, donde se lee: «Una calamidad tan grande como no habría jamás bajo el cielo otra mayor que la que alcanzara a Jerusalén.» Tanto en Daniel como en Isaías 29 queda claro que el peligro ulterior pertenece a un tiempo que vendrá y que la destrucción de Jerusalén no sólo es cosa del pasado sino también del futuro.
La profecía más conocida de la «batalla final» pertenece al Apocalipsis 20, 7-9, y predice que Satanás conducirá un gran ejército contra Israel. Los nombres de las naciones de la horda invasora satánica, «Gog y Magog» (20,

, provienen de hecho del libro de Ezequiel del Antiguo Testamento, donde se las describe tan sólo como enemigos que en algún impreciso momento futuro invadirán Israel desde el norte (Ezequiel 38-39). La palabra «Armagedón», también mencionada en el Apocalipsis (16, 16), es una transliteración griega de Megiddó, una ciudad del norte de Israel.
En la tensa situación actual de Oriente Medio se hace difícil recordar que cuando Rabin fue asesinado Israel atravesaba un insólito período de paz debido, en gran medida, al apretón de manos que protagonizaron Rabin y Arafat el 13 de septiembre de 1993 en los jardines de la Casa Blanca. Esa paz duró hasta el 25 de febrero de 1996, cuando, tal como había predicho el código, empezó la ola de terrorismo.
Las letras que forman el año hebreo de 5756 pueden leerse asimismo como una pregunta que yo he traducido como «¿Lo cambiaréis?». De hecho, en el texto hebreo el «lo» no se lee, pero está implícito. La traducción literal correspondería a una pregunta en segunda persona del plural: «¿Cambiaréis?» Lo decisivo no es aquí si cambiaremos nosotros, sino si seremos capaces de cambiar otra cosa. De manera que la mejor traducción de la pregunta formulada por las mismas letras que forman el año 5756, es decir, la que mejor transmite el sentido que tienen en hebreo, es «¿Lo cambiaréis?».
Mi carta original a Shimon Peres, fechada el 9 de noviembre de 1995, le fue entregada ese mismo día por Elhanan Yishai, que conocía al primer ministro desde que éste contaba trece años y continuaba siendo su amigo intimo y aliado en el Partido Laborista. Yishai me contó cuál había sido la reacción de Peres tras reunirse con él menos de una semana después del asesinato de Rabin. Pocos días más tarde mantuve una conversación con la secretaria de Peres, Eliza Goren, en el despacho del primer ministro, y a esa ocasión pertenece el comentario que cito. Volví a ver a Goren en Nueva York el 10 de diciembre de 1995, oportunidad en que le entregué otra versión de la carta que le había enviado a Peres.
La cita del informe sobre los peligros del terrorismo nuclear fue extraída de la declaración introductoria del senador estadounidense Sam Nunn, vicepresidente de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado, tal como aparece transcrita en las actas de la sesión del 31 de octubre de 1995. Con ligeras modificaciones, el texto forma parte del informe final de la comisión, «Global Proliferation of Weapons of Mass Destruction» (Sen. Hrg. 104-422, p. 4.).
La afirmación de que en la deteriorada ex Unión Soviética «hasta las patatas están mejor guardadas» que las armas nucleares pertenece a Mijail Kulik, el funcionario que investigó el robo de 13,5 kilos de uranio enriquecido de un astillero de submarinos nucleares próximo a Múrmansk. La cita aparece en el artículo de Phil Williams v Paul Woessner, «The Real Threat of Nuclear Smuggling», publicado en Scientific American (enero de 1996, p. 42). Este peligro fue confirmado por varios expertos en terrorismo nuclear de dentro y fuera del gobierno de Estados Unidos, incluidos diversos funcionarios del Pentágono y la CIA con quienes pude conversar extraoficialmente.
Recibí por parte de un importante científico ruso la oferta de venderme un sistema de misiles soviético, que él había contribuido a desarrollar, en el curso de una reunión celebrada en Moscú en septiembre de 1991. Al parecer, la evidente pauperización de los principales científicos nucleares, que tanto me chocó durante los primeros tiempos del colapso de la URSS, persiste hasta el día de hoy. En octubre de 1996, Víadimir Nechai, director de la unidad de diseño de armas nucleares más importante de Rusia, se suicidó a causa de la vergúenza que sufría por no poder pagar a sus científicos, a veces durante meses. El 15 de noviembre de 1996, otro funcionario ruso daba cuenta en una columna del New York Times, durante el funeral de su colega, de la triste situación de los científicos presentes:
«Allí estaba el orgullo de la ciencia rusa; allí estaban los fisicos de renombre mundial, con sus trajes deshilachados y sus descoloridas camisas de puños raídos.» Grigory Yavlinsky, el funcionario citado, concluía: «En Rusia nadie puede garantizar la seguridad de los programas termonucleares.»
Mi conferencia telefónica con el general Jacob Amidror tuvo lugar en noviembre de 1995. Amidror era por entonces subdirector de Aman, la agencia militar de inteligencia israelí. Ahora es el principal asesor del ministro de Defensa.
El general Danny Yatom se puso en contacto conmigo por carta el 18 de diciembre de 1995, pero no hablé con él hasta los primeros días de enero de 1996. La carta de Ya¬tom decía: «Con referencia a su carta del 10 de diciembre de 1995, el primer ministro, don Shimon Peres, me ha pedido que me encuentre con usted para que conversemos.» En posteriores conversaciones telefónicas, Yatom, que por entonces era asesor militar de Peres, quedó en organizar un encuentro directamente con el primer ministro. La cita de Yatom corresponde a una de estas conversaciones telefónicas. Mi encuentro del 26 de enero de 1996 con Shimon Peres en el despacho de éste en Jerusalén fue organizado por Yatom y en él estuvo presente Goren. Las preguntas que cito de Peres corresponden a esta reunión.
La declaración de Gadafi, difundida el 27 de enero de 1996 por la agencia libia de noticias, apareció en la prensa israelí al día siguiente. La cita es una traducción directa del diario Ha'aretz.
Mi encuentro con el general Yatom se produjo el 28 de enero de 1996 en el despacho del primer ministro en Jerusalén. Yatom me dijo que ya había hablado con Peres acer¬ca de nuestra reunión, y que también conocía la declaración de Gadafí. Las afirmaciones que cito de Yatom corresponden a ese encuentro.
El discurso en el que Peres hacía referencia al peligro del terrorismo nuclear fue pronunciado en Jerusalén el 30 de enero de 1996. La cita fue extraída de la nota del 31 de enero del Jerusalem Post. Poco después, Peres se ratificó en sus declaraciones en el programa «Nightline» de la cadena ABC (29 de abril de 1996): «Por primera vez en la historia, un movimiento malicioso y maléfico, amparado bajo un manto religioso, puede adquirir estas devastadoras armas. Imaginen lo ocurrido si Hitler hubiera tenido una bomba nuclear.»