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Autor Tema: LA CALLE DEL INDIO TRISTE  (Leído 6606 veces)
Cordero`s
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« : Febrero 22, 2005, 11:41:00 »





Habrás de saber, caro y curioso lector que te interesas por estas viejas cosas de la Nueva España, que al ser conquistada definitivamente la Gran Tenochtitlán o Ciudad de México, tras largo sitio y ásperas batallas, en una de las cuales cayó prisionero el valiente Cuauhtémoc, ganándose la plaza el día de San Hipólito y una vez que los españoles tomaron posesión del centro del reino azteca, instalándose en los edificios que rodeaban la isla de la que habría de ser Plaza de Armas, trazó el vencedor capitán Don Hernando Cortés un gran cuadro central que demarcaba una zona para residencia de los conquistadores, y que tenía estos límites aproximadamente: por el sur, la Santísima; por el norte, lo que fue calle de Cocheras hasta la Concepción; de allí, pasando por la actual Avenida Juárez, hasta el sitio donde está el colegio de las Vizcaínas, cerrando el cuadro la línea del poniente hasta el lugar que ocupa hoy el mercado de la Merced.

A esto se llamó la traza, y dentro de ella residían los conquistadores, dejando la parte de afuera para los vencidos, que así eran vigilados, si bien atendidos asimismo en algunas urgentes necesidades, para prevenir una peste que podría presentarse sobre tanta ruina y humano desastre.

Dentro de esa demarcación estratégica y política, a la que hoy llamaríamos primer cuadro, comenzaron a desenvolverse las actividades gubernamentales de los hombres blancos que habían domeñado la situación, y así fueron reconstruyendo lo destruido e incendiado, fundado su Ayuntamiento (el tercero en América, después del de Veracruz y el de Tlaxcala), aplicando ciertos nombres a determinados lugares, para entenderse ellos mismos, a tiempo que iban alzando las primeras casonas al ibérico estilo y, por ende, formando las primitivas que empezaban a crear lo que llegaría a ser una gran urbe.

Bien estará, pues, que empecemos en ese sitio central la exposición histórica de las primeras calles hispánicas de México y el estudio y comentario de sus leyendas, una vez descritas las circunstancias que les dieron origen y las dos calzadas en forma de cruz por donde primero entraron, salieron y en las cuales pugnaron los fundadores por sentar sus reales.

Para esto, nada tan indicado como la calle del Indio Triste, llena de tristes evocaciones, una de ellas, el montón de ruinas sobre que se asienta.

Existen dos leyendas distintas, aunque coinciden. Una de ellas dice simplemente que, sobre los escombros del que fuera templo mayor de los aztecas, sentábase a llorar y a lamentar en silencio, después de la conquista, en lo que es hoy esquina de las calles de Guatemala y 1a. del Carmen, un pobre indio misterioso y triste que acabó por morir allí de cívico dolor. La otra, que se debe al conde de la Cortina, es más explícita y rica en detalles, y merece ser expuesta detenidamente.

Llamábanse calles del Indio Triste (primera y segunda), hasta hace una veintena de años, las que hoy son 1a. del Correo Mayor y 2a. del Carmen, por esta causa que el Conde de la Cortina expuso así:

Según la leyenda, en lo que ahora es la esquina de la 2a. del Carmen y Guatemala, habitaba antaño un indio reservón y taimado que poseía allí una casa bien dotada de cómodos icpallis (de aquí equipal, asiento), buenas mantas de algodón y de plumas, un santocalli privado o adoratorio de ídolos de jade y de oro mezclados con imágenes cristianas, para no quedar mal con sus dioses ni con el de los conquistadores....... Poseía el tal indio, además, cacles magníficos de bien curtido cuero, pieles de tigres, collares de chalchihuites, brazaletes, discos de oro, bezotes de obsidiana, obras de arte, todo un tesoro heredado de sus antepasados, que fueran gentiles.

Y era dueño de sementeras fuera de la ciudad, de aves y ganados de las especies que en el país había, no faltándole nada en su bien dotada residencia, incluso una buena cantidad de concubinas para solazarse y abundantes bebidas fermentadas con que se embriagaba de continuo, siendo el pulque combinado con hierbas excitantes y con frutas jugosas lo que prefería.

Sus bienes y su vida habían sido respetados a principios del siglo XVI, porque el hábil indio, para salvar la pelleja y lo que poseía, sometiérase de buen grado a los dominadores, quedándose en vigilar a los suyos y avisar a los señores virreyes si alguno se soliviantaba.

Dado a las mujeres, a la embriaguez y a la malicia, el indio aquel acabó por embrutecerse y descuidar su misión de espía y de aliado, y en eso, cierto grupo de indios pretendió una asonada, siendo denunciado por otro espía indígena. Castigó el virrey a los conjurados, haciendo en ellos duro escarmiento, y al indio rico e idiotizado, por no haber avisado a tiempo de lo que debería saber, se le aplicó el castigo de decomisarle los bienes de que tan mal uso hacía.

Venido a menos, le fueron abandonando las mujeres que antes le rodeaban y, al ir perdiendo la salud por la pena que le embargaba, ya macilento y triste, se dio a implorar la pública caridad, sentándose en cuclillas en la esquina de la que fuera su casa (allí en el Carmen y Guatemala), gimiendo de pesadumbre y de pobreza, moviendo a lástima.

Y cuéntase que algunos le acorrían, pero otros, indignados, le escupían y le humillaban al pasar por aquella esquina, donde siempre estaba como atornillado en el suelo, en cuclillas, inmóvil, con los brazos cruzados, flaco, enfermo, desolado, acabando la gente por llamarle el indio triste.
Y lo era el desdichado, que de eso murió allí de tristeza y de abandono, de hambre y de indiferencia, sepultándosele en el cementerio de la iglesia de Santiago Tlaltelolco.

Sigue diciendo la vieja tradición que el virrey, que entonces gobernaba, ordenó, para escarmiento ejemplar de los demás indígenas, que se labrara una pétrea estatua del indio llorón y triste y que fuera colocada en aquella esquina donde muriera el original, permaneciendo allí la escultura muchos años, confirmando el nombre de calles del Indio Triste, que era, ciertamente, uno de los nombres que jamás se debieran haber cambiado, por lo insólito de esta melancólica leyenda.

Dícese que la lamentable estatua permaneció allí mucho tiempo, y que después fue cambiada de lugar, llevándosela a la Academia de Bellas Artes, y parece ser cierto que allí la vio, en 1794, el capitán Dupaix, viajero estudioso.

Años después la célebre escultura pasó al Museo Nacional donde figuraba en el Salón de Monolitos.

Por aquellos años se afirmó el nombre de calle del Indio Triste, que aún vimos en las esquinas algunos de los que hoy vivimos en la capital. Quiere ello decir que el Municipio, o la ciudad, autorizó la denominación, reforzando la leyenda.

¡Y aún preguntaban por qué el indio es triste!.........

Ahora bien, la Historia, <<severa e impía>>, no admite tal leyenda. Historiadores divergentes han afirmado que la estatua del cuento provenía del palacio de Axayácatl, que cerca del célebre sitio estaba, y que sirvió de cuartel a los españoles. Se añade que dicha estatua fue aprovechada para colocar en ella un guión castellano o bandera, por la posición de los brazos del indio esculpido, que se prestaba a eso. Se añade, también, que la figura era uno de los portaestandartes del templo de Huitzilopochtli, que allí cerca estuvo ubicado también, y que se puede confirmar esto examinando los jeroglíficos que en láminas trasmitió el Padre Durán en su obra <<Historia de las Indias de la Nueva España>>.

Háblase de otras piedras procedentes del Gran Teocalli, siendo una de ellas el jeroglífico de Chalco, que está empotrado en la casa que fue del Marqués de Prado Alegre, esquina de la Avenida Madero y Motolinía. En la famosa casa de los condes de Santiago (actualmente calle de Pino Suárez), existen otras piedras notables que del Gran Teocalli proceden. Con estos datos arqueológicos, el noble cuento del indio triste se desvanece un poco.

Pero la leyenda es rancia y bella, y deja en el espíritu un sabor de amargura que coincide con la tristeza del eterno indio triste.......
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