El problema de las patentesSuficiente se ha comentado ya sobre las normas, la necesidad de cumplirlas, y lo que haría avanzar a la ciencia y a la industria la disponibilidad de «componentes prefabricados» para poder construir soluciones a partir de ellos. También se ha hablado sobre que, en muchos casos, algunos problemas de interoperabilidad no se pueden resolver completamente por la imposibilidad de saber qué va a hacer, y cómo, una competencia «poco dispuesta a colaborar». Pues bien, el mayor problema con el que se enfrenta el avance de la informática es algo que puede hacer imposible incluso intentar adivinar lo que hace la competencia: las patentes y las extensiones sobre los derechos de autor. El resto del texto está centrado en las patentes y en las razones por las que debemos luchar para que no se legalicen en Europa.
Empecemos el planteamiento por un caso real: actualmente hay una página en Internet donde se publican los avances cinematográficos de las películas que están proyectándose en los cines de EE. UU. (o que están a punto de estarlo). Sin embargo, estos avances no pueden verse en Linux (un sistema operativo relativamente poco común), y, en realidad, en ningún sistema que no sea Windows o MacOS. La razón no es la falta de pericia técnica de los programadores de los otros sistemas, ni una posible falta de interés de la comunidad de usuarios y programadores: la razón es que Apple, en sus vídeos Quicktime (el formato en que están grabados los susodichos avances de películas), está utilizando desde hace unos años un formato de compresión llamado Sorenson, que está «protegido» por patentes. Esto hace que, por mucho interés, recursos o habilidad que tenga la comunidad, nunca se podrá crear un reproductor para estos vídeos sin pagarle a los señores de Sorenson lo que pidan.
Debido a que la mayoría de la población puede ver estos vídeos (por ahora, gratuitamente, aunque evidentemente no hay ninguna garantía de que siga así) y no está concienciada de estos problemas, Apple gana cada vez más cuota de mercado cerebral y poder mediático, puesto que cuanto más se impone su formato, menos alternativas hay y más pueden exigir tanto a los que quieren «recibir contenidos» como a los que quieren distribuirlos. Esto no beneficia a la industria ni a los consumidores, porque este dominio no lleva a mejorar la técnica existente. Sólo cuando todos pueden competir en las mismas condiciones se crea verdadera competencia y todo avanza.
Las patentes aplicadas a la programación son, en gran parte, una farsa. NO protegen la propiedad intelectual de los programadores, y de todas formas de eso ya se ocupan los derechos de autor: al contrario que éstos, aplicados sobre creaciones, las patentes se conceden por ideas. Para empeorar la situación, éstas suelen ser muy generales y obvias, por lo que lo único que consiguen es evitar a muchas personas usar esas mismas ideas si alguien las ha patentado antes. Esto está mal por dos razones:
La persona que patenta la idea no tiene por qué haber sido la primera en pensarla.
Al ser ideas tan obvias, alguien a quien se le haya ocurrido lo mismo (y suelen ser muchas personas) no la puede usar porque alguna oficina de patentes la tiene escrita en un papel.
A mucha gente, sin embargo, le puede parecer imposible que las patentes sean tan malas, porque al fin y al cabo han existido durante hace muchos años y nadie se ha quejado hasta ahora. La cuestión es que hay diferencias fundamentales entre los objetos físicos que necesitan fabricación y los programas para computadoras. En los siguientes párrafos se intentará explicar la naturaleza de las patentes aplicadas a ideas y terminar con los mitos y creencias falsas de muchas personas que no entienden todavía el problema:
Para empezar, e independientemente de lo que uno piense sobre si hay que tener derecho legal a recibir dinero por las invenciones, las patentes, tal y como están planteadas actualmente, no darán beneficios a nadie que no sea una gran empresa multinacional (lo que actualmente excluye de forma automática a todas las que no sean estadounidenses o japonesas). Dado que las ideas de programación patentadas son tan generales, casi todos los programas pisan una o varias patentes. Por tanto, cuantas más se tengan, más se podrá amenazar a la competencia. Como solicitar patentes es un proceso costoso económicamente hablando, sólo las grandes empresas se pueden permitir tener un gran número de ellas. Además, dado que las patentes suelen «intercambiarse» (las empresas suelen conceder a otras el derecho a usar una patente si están usando una de la otra compañía), quienes tienen más están mejor protegidos legalmente, es decir, que las patentes son tanto un arma ofensiva como defensiva.
Por lo tanto, y en general, aceptar que las patentes de programación dan dinero al que investiga es partir de una idea equivocada: la investigación se hace normalmente por necesidad y no cuesta mucho dinero, por lo que no hace falta compensar económicamente a los «inventores»; los recursos se gastan en desarrollo, no en investigación, y tener los resultados disponibles para poder trabajar a partir de ahí es la única compensación necesaria para incentivar el desarrollo del sector. Esto es muy diferente al caso común industrial, en el que necesitan hacerse muchos experimentos y tener laboratorios de investigación especializados para poder desarrollar nuevos avances.
¿Por qué, entonces, hay tanto interés en legalizar las patentes de programación? Porque benefician (más) a las grandes multinacionales, permitiéndoles virtualmente prohibir a las demás empresas hacerles la competencia. Ya ni siquiera tendrían que competir con la técnica y la propaganda, sino que podrían combatir con «legiones» de abogados directamente en los tribunales. En la mayoría de los casos contra las empresas pequeñas, éstas ni siquiera podrían terminar el juicio, aunque tuvieran razón, por falta de recursos. Seamos claros: las multinacionales no tienen ninguna necesidad de innovar ni de arriesgarse desarrollando productos realmente nuevos. En realidad, los mayores defensores de las patentes son las multinacionales de los países que ya las tienen, porque les alegraría mucho extender su dominio a otros países. ¿Por qué iba EE. UU. a querer que Europa, como ellos mismos dicen, «fuera más competitiva»? Cuando ellos nos intentan convencer de que las legalicemos, evidentemente no buscan ayudarnos de manera altruísta, sino que sus multinacionales puedan dominar a las empresas europeas además de a las pequeñas empresas de su propio país.
Para entender verdaderamente bien lo absurdo de las patentes es necesario conocer la naturaleza de las ideas patentadas, y hasta qué punto no son nuevas y resultan obvias para cualquier profesional. Como para ello habría que saber programar, dos anécdotas servirán para mostrar de forma resumida los resultados de la aplicación de este tipo de patentes:
Hay una página de «Cazadores de recompensas» en la que las empresas ofrecen dinero al que «investigue» patentes y su historia, y encuentre evidencias de uso anterior, para invalidarlas. La razón de que exista esta página (y de que tenga tanto éxito) es que la mayoría de las patentes están mal concedidas. Este problema ocasiona gastos adicionales a las empresas, que servirían mejor a la sociedad si pudieran dedicar esos recursos a dar soluciones informáticas.
En EE. UU. hay empresas «de tecnología» compuestas exclusivamente de abogados, que se dedican a conseguir patentes y a pleitear sobre las que tienen. Ellos no pueden pisar ninguna, porque no hacen ningún trabajo aparte de pleitear.... pero pueden amenazar a cualquiera con juicios por pisar las suyas. Así que tenemos como estandarte de la innovación tecnológica a un grupo de abogados (¡!). Todo esto, por supuesto, gracias a las patentes.
Otra razón para estar en contra de las patentes es que la programación puede considerarse una ciencia similar a las matemáticas, y en estos campos es muy importante compartir los avances y trabajar a partir de los logros de otros. Hay una frase de Newton, citada muy a menudo en informática, que lo resume bien: «Si he visto más lejos es por estar sobre hombros de gigantes». Si no se hubieran compartido los progresos, no habríamos avanzado nada desde hace siglos. Probablemente seguiríamos pensando que el Sol gira alrededor de la Tierra.
Por otro lado, ni siquiera el objetivo inicial de las patentes apoya su aplicación sobre las ideas de programación. Las patentes surgieron como una manera de asegurar que los inventores podían gastar dinero en hacer experimentos y desarrollar nuevos productos para la sociedad, porque luego recuperarían su dinero. Las patentes se hicieron para el bien de la sociedad, no para el lucro privado. En cierta manera, es una «perversión» aplicar las patentes de forma que no favorezca a la sociedad. Aplicadas a las ideas de programación, no estimulan la innovación, sino el registro de ideas obvias para que nadie más pueda usarlas. Las patentes de programación no son más que un arma legal que sólo los más fuertes (las grandes multinacionales) pueden usar a su favor.
Más aspectos de las patentes que hacen pensar que no sirven para ayudar a avanzar a la industria son los que hacen que los técnicos no estén al tanto de su evolución. Si ni siquiera los propios profesionales del sector saben qué patentes hay, no tiene sentido plantearse que se hayan copiado ideas de otros, por lo que no sirven como protectores de ideas originales. ¿Y por qué los profesionales no están al tanto de las patentes registradas? Porque:
Están escritas en un lenguaje a medio camino entre el legal y el técnico, que las hace difícil de comprender tanto a técnicos como a abogados.
Hay demasiadas patentes, y no están en el «conocimiento popular», no se publican para ponerlas en el conocimiento de los profesionales (uno no se entera de la mayoría de las patentes existentes si no le amenazan antes con un pleito).
Las descripciones son abstractas y vagas, y el conocimiento de la tecnología de abogados y jueces es bastante pobre. Esto provoca que muchas patentes, en un juicio, puedan cubrir áreas o aplicaciones en las que ni siquiera había pensado la persona que solicitó la patente.
Estas razones hacen inútil el uso de las patentes para proteger ideas legítimamente innovadoras u originales porque, en la mayoría de los casos, los programadores no serán capaces de tener consciencia de las técnicas patentadas en un momento dado, así que difícilmente podrán copiarlas o usarlas pagando por ellas. Hay que tener claro que las patentes tendrán un efecto muy negativo sobre la economía europea, y que quienes únicos están interesados en imponerlas son las multinacionales estadounidenses y la oficina europea de patentes (por interés, en realidad sólo a corto plazo, ya que todo el mundo querrá patentar de todo). Por todo ello, debemos luchar activamente contra su aceptación en el viejo continente, como europeos, como tecnófilos o como empresarios. El primer paso puede ser firmar la petición de Eurolinux, en
http://petition.eurolinux.org, e informar a todas las personas que puedan estar interesadas. No dejemos que otros países impidan nuestro desarrollo tecnológico.
Y ya como colofón, valga una cita de 1991 de Bill Gates, alto cargo de Microsoft, cuando todavía su empresa no tenía todas las patentes que tiene actualmente: «Si la gente hubiera entendido cómo se iban a conceder las patentes cuando surgieron las ideas vigentes actualmente, y las hubiera obtenido, en estos momentos la industria estaría completamente estancada». Uno se pregunta qué diría ahora.