Durante milenios el hombre quiso volar y solo pudo realizarlo en el siglo XX 
Volar ha sido desde los tiempos más remotos el más ferviente y apasionado anhelo de la humanidad. La naturaleza dotó al hombre de inapreciables e inmensos atributos: lo hizo capaz de pensar, imaginar, sentir la belleza, movilizarse de un punto a otro, danzar, comunicarse con sus semejantes... Sin embargo, olvidó darle alas que le permitieran remontarse hacia las estrellas y contemplar su propio planeta desde el cielo. "Oh, si yo fuese pájaro", tiene que haber sido, sostiene Michelet, una de las primeras exclamaciones del hombre prehistórico al observar el vuelo airoso de las aves. Pero esa contemplación pasiva no tardó en transformarse acción y el Homo Sapiens buscó por todos los medios a su alcance imitar a los seres alados, o, al menos, soñar que los emulaba. Sus primeros esfuerzos se confundieron con la mitología. La leyenda cuenta que Ícaro huyó con su padre, Dédalo, del laberinto de Creta volando con unas alas adheridas a su cuerpo con cera, pero habiéndose acercado demasiado al sol éste las derritió y los imprudentes aeronautas cayeron al mar, en el que perecieron ahogados. Pero el sueño de Ícaro y Dédalo no murió con ellos y hoy el mundo lo contempla hecho realidad en los modernos jets supersónicos y en los satélites artificiales que surcan el espacio sideral, aprestándose a conducir al hombre hacia otros mundos.