Pero si bien hubo no pocos cientistas y aventureros con vocación de inventores en épocas anteriores a la Revolución Francesa que dieron muestras de una voluntad decidida de despegar de la madre tierra, sólo hasta comienzos del siglo XX no fue posible volar con máquinas más pesadas que el aire, gracias a los progresos de la técnica que al fin puso aquel sueño al alcance del hombre.
Sin embargo, el anhelo de volar era tan grande que el ser humano no tuvo paciencia para esperar el avance científico y buscó otros medios para elevarse. Fue así como la primera e increíble victoria del hombre sobre la gravedad tuvo lugar en Francia a fines del " siglo de las luces " con la invención del aeróstato, 119 años antes de que los hermanos Wright lograran hacer despegar su tembloroso y rudimentario aparato desde las arenas de Kitty Hawk.

JOSEPH MONTGOLFIER, a cuya imaginación creadora se debe el aeróstato.
La historia comenzó en noviembre de 1782 en Avignon cuando Joseph Montgolfier, un fabricante de papel de fértil imaginación, meditaba un día junto el fuego. En un momento dado, viendo cómo ascendían el humo y el aire caliente, Montgolfier tuvo una sencilla y a la vez genial inspiración: pidió a su ama de llaves algunos trozos de seda y, sin moverse de su habitación, fabricó un simple globo de tela, inflándolo con aire caliente. Con alborozo, el fabricante de papel observó cómo el globo se elevaba, oscilando, hasta alcanzar el techo. Así, de una manera casi casual, había sido inventado el aeróstato. Joseph Montgolfier solicitó la colaboración de su hermano Ettiene, y juntos se dieron a la tarea de construir el primer globo de la historia, el cual estuvo terminado en la primavera del año siguiente.
El 4 de junio de 1783, fecha estelar en la historia de la aeronáutica, los dos hermanos hicieron la primera demostración de su invento en el centro de Annonay, su ciudad natal, ante una gran muchedumbre que asistió maravillada. Inflado merced al aire caliente suministrado por una gran hoguera avivada con lana y paja, el globo se elevó hasta alcanzar una altura de dos mil metros. La Academia de Ciencias de París acogió con gran beneplácito y entusiasmo el exitoso experimento y prestó todo su apoyo a los Montgolfier para que construyeran un nuevo aeróstato. Así, tres meses después, un segundo globo fue lanzado en Versalles en presencia del rey y la reina, esta vez conduciendo tres pasajeros: un carnero, un pato y un gallo, que realizaron un vuelo libre de unos tres kilómetros. Al igual que los chimpancés utilizados en los vuelos de los "sputniks" de nuestros días, los animales sobrevivieron perfectamente a la prueba.