Durante mucho tiempo los aeróstatos estuvieron a merced de los vientos, por más que se ensayaron no pocos métodos para controlar su dirección a base de alas y remos, los que en definitiva nunca dieron resultado. La solución a este problema vino por otro camino: la aplicación del motor, con lo que el aeróstato se convirtió en dirigible. En 1851, Henri Giffard hizo uso de un motor de vapor de cinco H. P. En 1878, el profesor C. E. Ritchell voló sobre Hartford, Connecticut, en un dirigible impulsado por una hélice movida con vapor. Pero hasta 1898 los globos no se independizaron absolutamente del viento y de las corrientes atmosféricas.

LA AERONAVEGACIÓN. El dirigible "Le France" apresta a elevarse en 1885. Centenas de pasajeros viajaban de un continente a otro en estos aparatos inflados con hidrógeno.
Ese año se empezaron a aplicar motores de gasolina a la conquista del aire, gracias al esfuerzo de dos grandes inventores que trabajaron independientemente: el brasileño Santos Dumont, en París, y el conde Ferdinand von Zeppelin, en Alemania.

TRAGEDIA. El incendio del "Hindenburg" marcó el ocaso de los dirigibles. En el desastre perecieron 35 personas.
A este último se debió el más acabado perfeccionamiento del dirigible, cuyas máximas expresiones fueron primero el zepelín y más tarde el "Graf Zeppelin". Sin embargo, este tipo de aeronave no estaba destinado a servir de modelo al futuro progreso de la aviación.