El Gran Dios Pan 3
-¡Dios mío, Herbert! ¿Es esto posible?
-Sí, mi nombre es Herbert. Creo que conozco su cara también, pero no recuerdo su nombre. Mi
memoria está estropeada.
-¿No recuerdas a Villiers de Wadham?
-Así es, así es. Ruego me disculpes Villiers, nunca pensé que le estaba mendigando a un antiguo
amigo de universidad. Buenas noches.
-Mi querido amigo, esta prisa es innecesaria. Mis habitaciones están cerca de aquí, pero no iremos
allí inmediatamente. ¿Qué te parece si caminamos un poco por Shaftesbury Avenue? Pero Herbert,
¿cómo en nombre del cielo llegaste a esta situación?
-Es una larga historia, Villiers, y extraña también, pero puedes escucharla si así lo deseas.
-Vamos, entonces. Toma mi brazo, no luces muy fuerte.
La dispar pareja se movió lentamente por la calle Rupert; el uno en sucios y funestos andrajos, y
el otro, ataviado en el uniforme reglamentario de un hombre de ciudad, ordenado, lustroso y
distinguidamente acomodado. Villiers había salido de su restaurant luego de una excelente cena de
muchos platos, asistido por un congraciador frasco de Chianti. Mas, en aquel marco mental que casi
era crónico en él, se había demorado junto a la puerta, atisbando alrededor en la mortecina luz de
la calle, en busca de aquellos misteriosos incidentes y personas que abundan en las calles de
Londres a cada hora. Villiers se enorgullecía de sí mismo por ser un hábil explorador de aquellos
oscuros laberintos y desvíos de la vida londinense, y en esta improductiva ocupación desplegaba
una asiduidad que era digna de actividades más serias. De esta forma, se encontraba junto al poste
de luz examinado a los transeúntes con una abierta curiosidad y con la seriedad sólo conocida por
el comensal sistemático, cuando, habiendo recién enunciado en su mente la siguiente fórmula:
"Londres ha sido llamada la ciudad de los encuentros; pero es más que eso, es la ciudad de las
Resurrecciones", sus reflexiones fueron súbitamente interrumpidas por un lastimero gemido junto a
él, y un lamentable pedido de limosna. Miró a su alrededor con enojo, y con un súbito impacto se
vio confrontado con la prueba encarnada de sus pomposas fantasías. Allí, a su lado, la cara
alterada y desfigurada por la pobreza y desgracia, el cuerpo escasamente cubierto por unos
grasientos y mal traidos andrajos, se encontraba su antiguo amigo Charles Herbert, quién se había
matriculado el mismo día que él, con el cual había sido feliz y sagaz por doce revueltos períodos
académicos. Ocupaciones diferentes y diversos intereses habían interrumpido la amistad, y hacía
seis años que Villiers no veía a Herbert; y ahora lo encontraba, a esa ruina de hombre, con dolor
y desaliento, mezclado con una cierta curiosidad respecto a qué espantosa cadena de circunstacias
lo habrían arrastrado a tan triste situación. Villiers sintió junto con la compasión, todo el
deleite del aficionado a los misterios, y se felicitó por sus pausadas especulaciones fuera del
restaurant.
Descarga en pdf desde el link
http://rapidshare.com/files/131008522/Machen__Arthur_-_El_Gran_Dios_Pan_3.pdf.html