-Estoy contento de que hayas venido, Clarke; de hecho, muy contento. No estaba
seguro de que pudieras darte el tiempo.
-Pude hacer algunos arreglos por unos pocos días; las cosas no están muy activas
justamente ahora. Pero Raymond, ¿no tienes dudas? ¿Es absolutamente seguro?
Los dos hombres paseaban lentamente por la terraza frente a la casa del doctor
Raymond. El sol oriental aún colgaba sobre la línea montañosa, pero brillaba con
un pálido resplandor rojizo que no producía sombras, y el aire estaba en calma; una
dulce brisa vino desde el bosque en la ladera, colina arriba, y con ella, por
intervalos, el suave y murmurante arrullo de las palomas silvestres. Abajo, en el
largo y hermoso valle, el río serpenteaba entre las colinas solitarias y, minetras el
sol flotaba y se desvanecía hacia el oeste, una suave bruma, de un blanco puro,
comenzó a emerger desde las colinas. El doctor Raymond se volvió seriamente
hacia su amigo:
-¿Seguro? Por supuesto que lo es. La operación es en sí misma una intervención
perfectamente simple, cualquier cirujano podría hacerla.
-¿Y no hay peligro durante alguna otra etapa?
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